Por Carlos Mariano Nin
Lo que sucede hoy en Venezuela no es más que la repetición de una crisis que por momentos parece ir llegando a su fin.
El descontento ya comenzaba a latir con Hugo Chávez, un militar que gobernó con mano dura, durante 14 años, una de las naciones más ricas del mundo.
Sin embargo, la crisis comenzó a hacerse sentir con fuerza en las calles tras su muerte.
Poco antes, con un presidente agonizante, Nicolás Maduro, un ex dirigente sindical convertido en diplomático político asumió las funciones administrativas de Venezuela agudizando una situación económica que de por sí se derrumbaba y tres días después de la muerte de Chávez se hacía con la Presidencia.
A partir de allí gobernó por decreto, sumiendo al país en una grave crisis social, económica y política, con un aumento de la delincuencia, la inflación, la pobreza y el hambre.
El resto de la historia es conocido.
Según un informe de la Agencia de la ONU para los Refugiados y la Organización Internacional para las Migraciones en el 2018, unos tres millones de venezolanos habían dejado el país.
Este éxodo, impulsado por la violencia, la hiperinflación y la escasez de alimentos y medicamentos alcanzó a 1 de cada 12 personas. Incluso muchas llegaron a nuestro país en busca de una nueva oportunidad.
Y dentro de Venezuela la población quedó atrapada entre la crisis, las protestas, la represión militar y policial y los asesinatos selectivos cometidos muchos de estos a manos de los llamados “colectivos chavistas” que no son más que una fuerza paramilitar comunitaria que apoya al gobierno sembrando miedo en las calles.
Su primera función es “defender a la revolución bolivariana” al margen de la ley, para ello tienen todo tipo de armas y equipos de choque que usan para agredir a los que consideren que están en contra del modelo, defendiendo la idea del propio Chávez de una revolución “pacífica, pero armada”.
Dentro de esta trama fue que el descontento también se fue dando hacia adentro de las Fuerzas Armadas, único sustento real que tiene Maduro, golpeado por una creciente impopularidad.
Y así, las pocas pero contundentes revueltas dieron un nuevo respiro a la oposición que, envalentonada por el apoyo de Estados Unidos, volvió a salir a las calles y propició que Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, se autoproclame como presidente de la República “encargado” logrando el reconocimiento de gran parte de la comunidad mundial.
Pero desde lejos, y a su vez cerca, China y Rusia advertían a Estados Unidos sobre la posibilidad de que se atreva a meter la mano.
En este contexto se abrieron las puertas a un nuevo escenario político, sin reglas y con futuro incierto. Para la mayoría de los analistas la última palabra la tendrán los militares venezolanos hasta hoy leales a Maduro, pero no tanto.
Así, muchos predicen que el fruto se está poniendo maduro y lo más seguro es que caiga pronto... pero esa es otra historia.

