Cumplirá 30 años, el 2 de febrero, nuestra democracia. Ya es buen tiempo para superar la niñez, la adolescencia, la transición y empezar a dar signos de madurez. Pero ello no ha sucedido. Aun así, vale la pena agradecer que el golpe contra el dictador (más que contra la dictadura) haya ocurrido.

La caída de Alfredo Stroessner se debe a un movimiento de valientes paraguayos que se encargaron de hacer ver al mundo que la dictadura era insostenible. Hay factores exógenos que fueron fundamentales y que son injustamente relegados a la hora de dimensionar el protagonismo de los que “echaron” a Stroessner. Entre estos factores cabe citar la política de derechos humanos que arranca con el presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, el advenimiento de la democracia en la Argentina y el fuerte respaldo a políticos de oposición de Raúl Alfonsín y los aires de interés en la causa de la democracia paraguaya que empezaban a sentirse en Europa, principalmente de la mano de intelectuales como Augusto Roa Bastos, que si bien no fue el único era el más emblemático.

Los que lo hicieron

Mucho antes que Andrés Rodríguez tuviera el arrebato de encañonar a su suegro, sucedieron también otros hechos, ya al interior del Paraguay que fueron absolutamente preponderantes para lograr el fin de la dictadura. Un aire fresco en este contexto fue el retorno de los exiliados, que no fue un tour amable de regreso, sino que tropezó con las más diversas persecuciones. Pero esos años –menos de una década– en los que Stroessner tuvo que soportar –ya en la etapa final de su enfermiza existencia– la opinión de los que pensaban distinto a él, fue un tiempo de “ablande” de la dictadura que aun la academia no puso sobre la balanza el preponderante peso que tuvo.

Seguimos atrapados en el concepto de los tanques de la noche de la Candelaria como hecho substancial de la caída del dictador, pero ello nos hace olvidar que Stroessner era un diente averiado que jamás hubiera sido removido sin esos años de ablande, de acción opositora interna y de solidaridad internacional. En resumen, hubo demasiado esfuerzo de la civilidad para lograr la caída de la dictadura que es tremendamente injusto ubicarla solo como un episodio militar.

¿Cómo estamos hoy?

Hoy, treinta años después no estamos sustancialmente mejor. Toda la construcción burocrática sigue respondiendo en gran medida a un concepto clientelista, incluso mucho más exacerbado que en la dictadura. Vivimos sí un momento muy vivificante en materia de libertad de expresión, que hoy se reafirma mediante las redes sociales, aun cuando los grupos de medios de comunicación están muy ceñidos en sus agendas sectoriales. Pero aun así, la libertad de expresión no es suficiente si no existe una capacidad para construir consciencia de pertenencia a la democracia.

Se supone que –tal como sucede con todo lo vinculado a la esfera pública– nuestra sociedad sigue creyendo que la democracia es un asunto de los políticos que están en el Poder Ejecutivo, en el Congreso y que toda su participación en democracia comienza y se acaba con su voto en las elecciones de cada tanto.

Otro déficit sustancial que llevamos es la ausencia de tolerancia y de debate democrático. Es frecuente ver cómo seguimos utilizando para la dialéctica métodos guerreros que se abandonaron en la Primera Guerra Mundial: la pelea desde trincheras.

Con el advenimiento de la aviación de guerra, los tanques acorazados y la artillería de precisión, las trincheras pasaron al museo de guerra. Pero en gran medida nuestro debate de la política y la sociedad sigue encuadrada en tal concepto de amigo- enemigo. Solo basta ponerle oído a cualquier debate para advertir que el ida y vuelta es entre fundamentalistas vs fundamentalistas, en una opción maniqueísta que le produce un terrible daño a la cultura democrática y un retroceso, incluso, a algún avance que se creía haber logrado.

Cambio, referí

Es saludable para celebrar estos 30 años de democracia que exista ya un cambio generacional. Lo de los jóvenes protagonistas del presente es pura bolaterapia. No ocurre y nunca ocurrió. Es patético comprobar el volumen de jóvenes que acudieron a votar en las últimas elecciones. Ha sido un fraude la tarea de muchos asesores y analistas que hicieron espectaculares escenarios sobre el voto joven que terminó siendo más falso que el monstruo del lago Ness.

Esto no puede seguir así. Alguien tiene que gritar desde el costado de la cancha “cambio, referí” y que se empiece un movimiento cívico que renueve la estantería política. Hay mucho que celebrar el 2 y 3 de febrero, pero hay mucho más que gestionar, que hacer y que lograr para que la democracia acabe su criogénica transición.