• Por el Dr. Juan Carlos Zárate Lázaro
  • MBA

Resulta un poco difícil hacer una predicción acerca de cuán efectivo podría ser un directivo en su trabajo, basándose en el número de títulos académicos que posee, las calificaciones que ha obtenido y los programas de formación académica de posgrado en los que ha podido participar.

Es bien sabido que el éxito académico no es una referencia válida para medir el potencial directivo de una persona. Ejemplos de ellos los tenemos a montones a nivel mundial.

En los programas de formación dentro de las universidades no se enseña en profundidad lo que necesitarían saber en la práctica para poder abrigar esperanzas ciertas de éxito en su carrera profesional.

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Si no adquieren directamente por propia experiencia los conocimientos y las habilidades vitales para su eficacia es poco probable que lleguen muy altos dentro de las organizaciones.

Es usual que los profesionales que cuentan con títulos superiores en dirección de empresas, además de maestrías, normalmente están situados entre los “más apetecidos” de una gran parte de los graduados universitarios.

Si bien el tener estudios avanzados compensa en la empresa, al menos inicialmente, no obstante en la medida en que los estudios contribuyen a la eficacia de los directivos y al nivel de progreso que pueda alcanzar dentro de su carrera profesional ya es “harina de otro costal”.

Es así que el progreso ininterrumpido en la carrera de los MBA sugieren de manera clara que los hombres que llegan a la cima en la dirección de una empresa han desarrollado conocimientos prácticos que no se enseñan en los programas formales de dicha carrera, y que para muchos hombres con un nivel elevado de instrucción pueden resultar muchas veces difíciles de aprender en el trabajo.

Incluso se dan casos en que muchas empresas se abocan al recorte de gastos orientados a la formación de sus directivos, cuando muy bien en la práctica los mismos puedan coadyuvar a hacer de sus organizaciones más competitivas y rentables.

Lo que muchas veces ocurre es que no es que se dé un ejercicio irracional en la reducción de costos, sino constituye más bien un reconocimiento tardío por parte de la alta dirección de que los programas de formación de directivos no compensan en términos de un mejor rendimiento.

La falta de correlación entre las notas que uno pueda lograr dentro de la universidad podría resultar sorprendente para aquellos que dan especial énfasis a los logros académicos.

Deberíamos concienciarnos que las calificaciones no predicen, ni a nivel de graduado ni de posgrado, como sería la performance de un individuo en la dirección dentro de tal o cual organización. Como dice el dicho: “En la cancha se ven los pingos”.

Claramente, lo que un estudiante aprende sobre los aspectos primarios que hacen a la dirección de empresas dentro de una universidad, medido en términos de notas que los va logrando curso a curso, no constituye un pasaporte para poder hacer exitosa su carrera dentro de la empresa.

Muchos ejecutivos creen erróneamente que las buenas notas obtenidas podrían constituir una medida valida del potencial de liderazgo, pero sin embargo expresan preocupación por el hecho de que paradójicamente un número cada vez menor de esos graduados se embarcan en carreras dentro del mundo de los negocios.

La capacidad y el rendimiento académico no nos asegura que un individuo vaya a ser capaz de aprender lo que necesita saber para poder hacer carrera en campos que requieren capacidad de liderazgo, lograr cambios, desarrollar o trabajar en equipos participativos.

El éxito y la realización en el trabajo requieren otro tipo de conducta que los sicólogos llaman “conducta operante”. La misma solo es posible desarrollarlo y haciendo cosas que necesitan ser hechas.

Deben ser capaces de explorar el entorno del negocio en busca de indicios de que en la práctica pueda haber un determinado tipo de problemas teniendo en cuenta que vivimos dentro de un mundo globalizado y mercados cada vez más competitivos.

Deben saber manejar muy bien su inteligencia asertiva y emocional, tener la ductilidad necesaria ante diversos escenarios, mucha empatía y la suficiente actitud y aptitud para trabajar en equipo.

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