¿Existe la política como arte, doctrina y opinión referente al gobierno de los Estados?
Los acontecimientos políticos que estamos viviendo, aunque más valdría precisar: que la mayoría de los ciudadanos, teóricamente activos agentes de la política, estamos mirando pasar como espectadores, nos muestran que los partidos políticos van camino a la extinción, tras haber perdido su identidad de doctrina, la participación de sus afiliados; sobrevivientes durante la dictadura y renacientes con la transición, prácticamente no existen hoy como fuerza política con un pensamiento y un plan de gobierno, en el sentido estricto de la palabra política, como arte y doctrina para el gobierno de los Estados”.
Ni siquiera existen ya, como en el desgaste de la transición, como asociaciones para llegar al poder con un mínimo programa y algunas ideas doctrinarias para una estrategia comunitaria de la sociedad. Son asociaciones que se conservan sobre la cuerda floja, aliándose con correligionarios y contreras, amigos y enemigos, de acuerdo a la coyuntura y la conveniencia; generalmente más bien aliados a los contrarios, con los que hay menos coincidencias ideológicas y programáticas, pero más posibilidades de negociar alianzas y, sobre, todo, cargos, espacios de poder, sin otro compromiso que la connivencia temporaria mientras perduren los intereses comunes.
Sin duda que en este proceso de “despolitización” en aras de la conveniencia, los partidos, en mayor o menor medida, han perdido y van perdiendo identidad, hasta el punto que cualquiera que haga un sondeo de opinión o haga un estudio de las opiniones a través de los medios, desde los más clásicos hasta las redes, podrá apreciar que no hay más confrontaciones ideológicas o programáticas o ni siquiera de programas de gobierno, sino confrontaciones tras los votos, sin mirar a quién o de quién.
Otro factor de esta degradación es que ya no hay discursos políticos, sino solamente discursos electorales. Ya ni siquiera hay, salvo en los dos grandes partidos tradicionales, en cierta medida y cada vez menos, proyectos ni programas de gobierno; salvo en los partidos nuevos, cuyo discurso no cala ni su influencia avanza; la misma “oposición” ya es un gran javorái donde cada vez más priman los “arribistas”, recalan exiliados de algún partido o movimiento, se instalan los perdedores de elecciones para reacomodarse en otro grupo para la próxima contienda electoral.
En fin, si hacemos un poco de historia, volviendo al comienzo de la democracia, nos quedaremos sorprendidos de la calidad de aquellos senadores y diputados de los primeros tiempos, de los debates, de la dialéctica parlamentaria.
Como la política administra principalmente todas las instancias institucionales de una sociedad, veremos cómo desaparecieron mayoritariamente dirigentes de primer nivel, oradores… idealistas con ideas; por pasar de una forma contundente al contraste de un Valdino Ramón Lovera a un Cuevas, de un Evelio Fernández a un Portillo…
Ni qué decir y añorar de aquella primera Corte Suprema de la transición, a la presente y a la porvenir, así como andan las cosas…
Puede resultar extraño en estas circunstancias que los narcos, con todo su poderío económico y corruptor no penetren en la política. Será que a la ciudadanía le resulta sorprendente o normal que un “Cucho” reclame 500 mil dólares que pagó por su impunidad, sea cierto o falso; es decir, ¿por qué tal denuncia le es creíble a la gente común, por qué ni le sorprenden ni le espantan estos “negocios”, sino que le son creíbles estos entuertos y enjuagues de política y billetera?
¿Puede resultar extraño que la gente hable ya casi con normalidad y sin espanto de la narcopolítica y se especule casi sin asombro con las sumas multimillonarias en dólares que se manejan en esa instancia? De seguir así este proceso, sin que nadie rinda cuentas ni a nadie se le pida que las rinda, la palabra política terminará siendo desplazada por la palabra narco.