“Estamos reclamando nuestros derechos”. Ese era el título que el canal de televisión ponía en el zócalo de la pantalla del noticiero al tiempo que una mujer exaltada explicaba que los pescadores aún no habían recibido el subsidio por la veda pesquera. La escena transcurría en la zona de Remanso, donde decenas de personas con banderas paraguayas cerraban el paso de los automovilistas y amenazaban con más medidas de protesta.

“Queremos cobrar porque tenemos familia” transcribía a continuación el reportaje, que aclaraba que el pago iniciaría el 6 de diciembre.

¿Reclaman “sus derechos”? ¿Derecho a ser subsidiados? ¿Desde cuándo el subsidio es un derecho? Tal vez pueda verse como una gracia, pero no un derecho, porque la gracia se pide y el derecho sí puede ser exigido.

Es más, en realidad según el diccionario, el subsidio es la “ayuda económica que una persona o entidad recibe de un organismo oficial para satisfacer una necesidad determinada”. Una ayuda. Una ayuda que proviene del bolsillo de los contribuyentes a los cuales las autoridades de turno no les preguntan si quieren o no brindar. Simplemente destinan montos millonarios y disponen la repartija.

El subsidio es un estímulo a la economía en el que se paga la diferencia entre el precio de un bien o de un servicio y el precio real cobrado al consumidor. Es decir, por ejemplo, cuando en un momento dado el precio del combustible es demasiado alto, tanto que reduce el uso del transporte público –con sus consecuencias en cadena– entonces se subsidia el costo del boleto para que el uso del servicio continúe a pesar de la deferencia real de los costos.

Otro ejemplo sería, esta vez con productores locales, cuando el precio de la carne sube en los mercados internacionales, ante la mayor exportación la poca carne que queda dentro del país supondrá precios muy elevados y los consumidores locales no podrán competir con los del exterior, por lo tanto no la comprarán ni la consumirán.

¿Y qué diferencia hay entre subsidiar a los productores de pescados y los de carne vacuna? Unos son pobres y se merecen; los otros son ricos y ya tienen demasiado… ese es el pensamiento que defiende los subsidios populistas.

Sin embargo, hay mucha diferencia. Demasiada. Para comenzar, los pescadores no deben pagar por una parcela de tierra –propia o alquilada– para incrementar su hato de ganado, tampoco deben construir corrales ni pagar por pasturas ni personal que cuide los animales. Tampoco están obligados a realizar vacunaciones periódicas para evitar epidemias ni deben pagar por servicios veterinarios. No deben marcar ni arrear ni sanitar ni asistir a partos, etc. Y en caso de inclemencias naturales como tormentas o inundaciones, los pescadores no pierden su “rebaño”, solo les cuesta más reunirlo.

Ni hablar de pagar sueldos a los peones o alimentarlos o pagar impuestos, sin mencionar que el personal debe estar registrado en IPS. ¿Qué gastos de producción tienen los pescadores? Ellos no siembran, no cuidan ni acrecientan ganado, solo depredan los recursos naturales.

La ley les habilita a pescar. Les permite utilizar los bienes del país para alimentarse y para ello compran botes, redes y anzuelos. “Son pobres”, sí, pero ¿eso les da “derecho” al subsidio?

Actualmente la veda es una obligación para proteger los limitados recursos naturales hídricos. Si no hubiera veda y siguieran depredando los ríos, los peces desaparecerían y los pescadores no tendrían sentido.

En el zócalo de la televisión también se podía leer: “Cobramos G. 400.000 semanalmente” y “No es trabajo fácil, es muy sacrificado”. Para la mayoría de los que no viven del Estado –y también para muchos empleados públicos– un subsidio de G. 1.600.000 al mes sería más que necesario. Además, todos los trabajos honrados son sacrificados. Hay gente que trabaja más de 8 horas al día, otra que produce de madrugada, otra que opera en sitios cerrados, insalubres y peligrosos.

La finalidad del subsidio es estimular artificialmente el consumo o la producción de un bien o servicio, no cobrar un monto por “ser pobre” o porque se tiene un trabajo “sacrificado”.

Con esa mentalidad, pronto los gancheros van a exigir su “derecho” al subsidio porque también son pobres y su trabajo es sacrificado y la basura de los ricos es de mala calidad. O los cuidacoches, también pueden pedir plata porque no hay suficientes vehículos estacionados y además sufren la competencia “desleal” de las playas de estacionamiento.

Todos tiran agua hacia su molino, pero con el dinero del contribuyente. No sería descabellado pensar que –como cada diciembre– pronto hasta las facturas de Ande también exigirán su “subsidio” y que luego culparán al calor y al acondicionador de aire. Me pregunto, ¿no se podría también subsidiar el bolsillo del contribuyente?