• Por Felipe Goroso S.
  • Analista
  • Twitter: @FelipeGoroso

Durante las semanas finales de la campaña presidencial que enfrentó al actual presidente de la República y a la dupla de la Alianza compuesta por Efraín Alegre y Leo Rubin, la sombra del fraude empezó a sobrevolar el ambiente electoral. El sobrevuelo incluso se extendió hasta después de concluidas las elecciones. Voceros que en ese entonces eran férreos opositores, bramaban al unísono tratando de articular el relato del fraude. La guinda de la torta fue aquel épico momento donde Efraín Alegre se declaraba ganador y presidente moral de todos los paraguayos, similar al otro candidato del PLRA que en el pasado se declaraba comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y hoy abogado confeso de invasores de tierra: Domingo Isabelino Laíno Figueredo.

Pero volvamos al presente, ayer el presidente de la República vetó totalmente el proyecto de ley que buscaba regular la realización y divulgación de las encuestas. El documento abarcaba cargos de elección popular en internas, generales, municipales y referéndum. El mismo había sido sancionado por el Congreso Nacional el pasado 23 de octubre.

El referido proyecto asignaba al Tribunal Superior de Justicia Electoral la función de velar por el cumplimiento y desarrollo reglamentario de la ley, cuando que la Constitución Nacional le asigna a esa institución casi con exclusividad funciones de administrar y precautelar la realización con normalidad de los actos eleccionarios, ni por asomo eso tiene que ver con la publicación de mediciones. El proyecto también daba por inválida cualquier encuesta que no sea hecha por el método presencial, esto es cara a cara entre el encuestador y el encuestado. Se acabarían las encuestas realizadas vía telefónica, por ejemplo. Las mismas son las más usadas cuando lo que se pretende es obtener una información rápida para medir el impacto de temas que son del momento. Entre otras disposiciones (y tal vez la única que tenga cierto sentido) el proyecto establecía una especie de ranking de empresas encuestadoras. Básicamente, si las mediciones coinciden con los resultados finales, la encuestadora estará en los primeros lugares.

Podría llenar esta columna de hipocresía, de ñembo inocencia periodística haciendo preguntas pelotudas cuyas respuestas ya tengo o al menos sospecho. Pero no es mi estilo y creo que ya lo saben. Por eso, vamos a lo más jugoso: empecé recordándoles toda la narrativa y escenificación sobre el fraude electoral que montaron quienes en ese momento eran oposición porque este proyecto buscaba de alguna manera elevar a categoría de ley el que había sido uno de los principales argumentos para la derrota electoral de la Alianza. Habían perdido por la influencia que tuvieron en los electores las que, según ellos, eran encuestas amañadas. Fue una declaración pública de que su campaña no logró convencer al electorado de que sean ellos los elegidos, se le habían agotado las ideas y era cuestión de buscar culpables siempre y cuando no sean ellos mismos. Y ya que estamos hablando de mediciones y porcentajes: 0% de autocrítica.

Si se considera a la encuesta como principal argumento para convencer al votante, es que ya debemos bajar la persiana de la esperanza y dedicarnos a dar seminarios sobre la importancia de la hormiga como ave de corral. En la desesperación por salvarse de la crítica que se les venía encima pusieron al fraude por delante intentando convertirlo en elemento de consenso social. Son los mismos que nunca admitieron la victoria de la ANR aunque ahora no tengan problemas en recibir a Mario Abdo en sus sedes partidarias. Para quienes nos dedicamos a la Consultoría Política Electoral y Gubernamental es un empacho de carcajadas, pero no faltaron quienes se creyeron el cuentito. Allá ellos.

Esta columna acostumbrada a una ácida crítica a cuestiones que tienen que ver con la comunicación del gobierno, hoy viene a aplaudir la determinación del Presidente de vetar el proyecto que buscaba regular la realización y divulgación de las encuestas. Fue la medida más sana que se pudo tomar.

La política, esa mala palabra que empieza con p y termina con a, se trata de evidenciar, mostrar y contar nuestra opinión sobre hechos como este, ir un poco más allá de lo que efectivamente quieren mostrarnos. De eso también se trata y eso es lo que hacemos en esta columna.

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