• Por Augusto dos Santos
  •  Analista

Los medios cuestionamos al ministro Villamayor por la cesión del video de la ejecución por parte de los terroristas del EPP, queja razonable, por cierto. También dijimos que tal procedimiento faltaba a la ética y un par de argumentos más con los que adornamos nuestra indignación.

Pero lo hicimos sin ponernos colorados y sin reconocer que los medios somos los que casi cotidianamente cometemos el mismísimo error que atribuimos a Villamayor: transmitimos escabrosas escenas, mostramos escenas explícitas de ancianos moribundos, entrevistamos a narcos como si fueran ellos los representantes de San Francisco de Asís y Santa Clara del mismo pueblo (Asís) y cualquier pobre herido, borracho y, si se puede, resollando moribundo debe sostenerse al aire porque aportan al rating y nos vuelve más comerciales.

Lo que no es ético es que los medios cuestionemos al Estado lo que no somos capaces de resguardar nosotros mismos, parecemos la abuela de Cándida Eréndira hablando de moral y buenas costumbres.

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La generalización en este comentario no tiene otra intención que la provocación, lo reconozco. El exigir al Estado lo que no asumimos como privados es un clásico que convive con regularidad con nuestras prácticas. Con mucha razón cuestionamos –por ejemplo– cualquier tipo de regulación a la prensa, pero no somos capaces de reunirnos para conversar sobre autorregulaciones que podrían ser muy importantes para nuestra sociedad.

Nos falta mucho para conseguir la madurez de los editores de medios de países nórdicos que han desterrado a la sangre de los noticieros o de acuerdos de conciencia con el propio Estado, como cuando tras los hechos del 11 de setiembre fue imposible difundir uno solo de los miles de muertos de aquella horrenda jornada.

Por otra parte y en la otra vereda, el equipo “campañólogo” que atiende la comunicación de la Presidencia de la República debe necesariamente asumir una ya vieja verdad: la comunicación de campaña no sirve para la comunicación gubernamental, son cosas que parecen iguales, pero no lo son, como el hielo y el helio.

El arte en campaña es el diálogo con los electores, cuyos segmentos son muy fáciles de identificar entre pros y contras; la audiencia en comunicación de gobierno es sumamente densa: son ciudadanos que demandan por igual, te hubieran votado o no en las elecciones. Por ello las actitudes juzgadas, los gestos de shock que pueden servir en el plano del proselitismo parecen sumamente sobreactuados en gestión gubernativa.

Puede también que la iniciativa no hubiera sido idea de los asesores de comunicación, sino del propio ministro; en ese caso, lo sentimos, los asesores también sirven para eso, para ser los primeros en ser culpados.

Es sabia la República.

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