- Por Mariano Nin
- Gerente de prensa de canal 13
Los muchachos compraron el asado y aprovecharon los descuentos para la cerveza.
Una final Boca-River de la Libertadores no se da a menudo, y menos dos.
Un clásico monumental, gigantesco, en un país que hizo de los estadios de fútbol casi santuarios.
Pero sin dudas este superclásico quedará para la historia. La lluvia obligó a suspender el primer partido. Resignados hinchas volvieron al otro día a la cancha para una fiesta de nivel mundial. Cientos. Miles. Muchos dijeron que el estadio retumbaba con cada cántico, con cada baile al punto de sentir un pequeño terremoto.
Después del 2 a 2 de la primera vuelta en La Bombonera subieron las apuestas… y la adrenalina. La expectativa fue brutal.
Pero las cosas se descontrolaron.
Cuando el bus de Boca llegaba a la cancha, un grupo de hinchas lo atacó, la Policía intervino y varios jugadores resultaron heridos. A partir de allí todo fue creciendo. Las imágenes caseras de los fanáticos apedreando el colectivo saltaron de teléfono en teléfono, de red en red. De país en país.
El contexto puso a Argentina ante los ojos del mundo. El país de Maradona, Messi, el papa Francisco o Jorge Luis Borges estaba ante la vergüenza de un hecho lamentable. Las imágenes dieron la vuelta al globo y fue el comentario donde quiera que sea.
Pero la violencia en el fútbol no es nueva. No sucede solo en Argentina, ni allí es más grave que en el resto del continente.
Para no ir lejos, solo basta salir a la calle un domingo de fútbol. Entre sortear peajeros pidiendo mil para su entrada, los adictos asaltando y la Policía persiguiendo a las barras por las calles eludiendo baches en el medio, muchos prefieren resignar la fiesta.
La violencia es incontrolable y empaña el juego donde sea. Ya se dijo de todo y se probó de todo. Pero nada parece ponerle freno a este arrebato de fanatismo asesino que te pone una pistola en la cabeza como si fuera una ruleta rusa.
Pero la culpa no la tiene el fútbol. La tienen los que dirigen al fútbol mundial, que ganan millones de dólares con la ilusión y las emociones de los hinchas, pero ignoran la seguridad de sus clientes. La tienen las autoridades y sus deficientes sistemas antidisturbios sobrepasados por violentos delincuentes que encuentran en la fiesta una excusa para desatar el caos de sus propias vidas.
El resto va más allá. La pasión nos mueve, pero la violencia nos detiene. No debería ser así. La magia del fútbol no merece esto… nosotros tampoco. Queremos gritar, cantar y bailar sin temor a que nos maten… y, al final del día, disfrutar de la victoria del club que amamos o dormir cansados de tanto alentar.