La divulgación de un audiovisual en el que supuestamente se ve a niños recién reclutados por una organización delictiva del Norte ejecutar a un civil, al parecer en territorio paraguayo, provocó diversas reacciones a nivel nacional, siendo la primera de repudio. Para ser sinceros, si eso es cierto, a mí no me asombra ya con todo lo que pasa a nivel del crimen organizado, pero produce una mezcla de indignación, impotencia y rabia. El hecho nos invita –lamentablemente hay que decir, de nuevo– a despertarnos del letargo para reflexionar cómo y de qué manera entre todos habría que enfrentar a este grupo armado que cada vez gana más adeptos, ahora niños.

El reclutamiento de menores por parte de los grupos guerrilleros en Latinoamérica no es nuevo. Los carteles de drogas mexicanos, centroamericanos y colombianos lo han hecho a menudo para incorporar soldados a sus filas a los efectos de sostener en el tiempo la presencia de fusileros en las selvas, donde son necesarios para cuidar el “negocio”: tráfico de armas y drogas. Lo mismo sigue ocurriendo en algunos países de África, donde ciertos grupos subversivos tienen un fuerte control territorial del negocio del diamante.

Estas organizaciones delictivas, que son transnacionales, se presentan muchas veces ante las comunidades de sus pueblos como los grandes defensores de los intereses económicos y políticos para ganar adeptos. Para permear en la sociedad se aprovechan de la ignorancia y la ausencia de Estado en sus zonas de influencia, se apoyan en sus famosas “ayudas” locales –en realidad son sobornos a particulares y autoridades–, en mensajes ideológicos que la gente quiere escuchar y hacen propaganda de sus “luchas” para captar seguidores.

En realidad, lo que hay detrás es la protección de toda una red de tráfico de drogas y armas cuyas ganancias van a parar a manos de sus protectores políticos, quienes a su vez usan esos recursos malhabidos para financiar campañas políticas, vivir como reyes y burlarse de la gente cuando se pasean como si nada por las calles o se pegan el lujo de ser diputados, senadores, gobernadores, miembros de Junta Municipal o intendentes.

Es lamentable. Este asunto de la lucha armada y el crimen organizado, si los juntamos, está yendo demasiado lejos. Antes creíamos que estos hechos eran aislados y solo se daban en las zonas fronterizas de cada país. Hoy, ya ninguno está a salvo. La obtención del dinero fácil como producto del tráfico de drogas está impactando en todas las capas de la sociedad. Lo que es peor, y siempre comento esto, la distribución de drogas baratas y de fácil acceso en cada esquina del barrio está convirtiendo a nuestros niños y jóvenes en zombies que cuando se les “frita” el cerebro y quieren dinero salen a asaltarnos a veces con derivación fatal.

No se trata simplemente del impacto que causa un audiovisual en el que se ve a niños –que se inician en la adrenalina de la delincuencia organizada– disparar a un hombre y verle morir, sino de todo lo que hay detrás. Sus “padres” ideológicos son varios, decenas y hasta quizá miles. Los más cercanos son aquellos que los reclutaron para cargar armas que apenas pueden alzar, pero están los “peso pesados”, a quienes ni ellos mismos los conocen. Estos son los financistas verdaderos de esta barbarie, quienes están camuflados y mimetizados en las mejores posiciones sociales a quienes vemos todos los días como “grandes señores”, pero que en realidad son verdaderos monstruos y unos miserables destructores de la paz y responsables de la podredumbre política.

En estas condiciones, el combate al narcotráfico y el crimen organizado en sus diferentes formas por parte de las fuerzas del orden legalmente constituidas tiende a ser muy difícil a corto, mediano y largo plazos. Las estructuras de las mafias, con sus inagotables recursos, controlan y sobornan todo: información, autoridades, policías, diputados y senadores, intendentes y gobernadores.

No queda otra que hacer de tripas corazón y no rendirse a los pies de guerrilleros y salvajes porque si es así vamos a convertirnos en una República fallida por cuya existencia y gloria miles de hombres han tenido que enfrentar dos guerras terribles –Triple Alianza (1865-1870) y del Chaco (1932-1935)–. Esta nueva batalla, es decir, esta nueva forma de combate contra las organizaciones delictivas transnacionales, no va a ser fácil, pero hay que librarla. La mejor arma será la unión de fuerzas, la ayuda internacional y creo que la Justicia tendrá acá un rol fundamental: poner fin a la impunidad.

Para tener éxito, será necesario conformar un ejército de fiscales y jueces valientes, policías y militares honestos, políticos patriotas, que pongan pecho para romper este esquema corrupto de unos pocos mecenas que dan protección a traficantes cobardes que ahora reclutan a niños para matar más paraguayos.

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