• POR EDUARDO “PIPÓ” DIOS
  • Columnista

Los futboleros y los no futboleros recibimos con mucho entusiasmo la gran final de la Copa Libertadores con el Boca-River. Parecía increíble, la final soñada, uno de los clásicos más importantes del mundo.

Ya la primera suspensión, la del partido de ida en la Bombonera sirvió para ir calentando el ambiente. Llegamos al sábado 24 con todos pensando en eso, algunos suertudos viajaron, otros nos organizamos para el asadito y así.

Después ocurrió lo que ocurrió. Los famosos “grupitos de inadaptados” hicieron la suya. Gente que vive en y de la violencia. Del negocio de ser “barra” y sus negocios conexos.

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Así como es negocio ser barra, también es negocio ser el brazo armado de los políticos, y en Argentina de los furiosos y poderosos sindicatos.

Lo que pasó y viene pasando en la Argentina es producto de los 70, de los años de plomo. De la guerra sucia donde el terrorismo de derecha, de izquierda y el de Estado se enseñorearon a lo largo y ancho del país. El país se destrozó y también las instituciones, sobre todo los organismos de seguridad. Policía y Fuerzas Armadas se convirtieron en sinónimo de represión política, de asesinatos, tortura, desapariciones forzosas, robo de niños, violaciones y saqueos. Una herida tan grande que hoy, después de 35 años de finalizada esa etapa negra de la historia aún sigue golpeando.

Es normal ver cierres de rutas, calles, avenidas, los famosos “piquetes” y los inefables “piqueteros” amos absolutos de la calle y del derecho humano a la libre circulación. Las sorpresivas e interminables huelgas de las aerolíneas o de gremios relacionados, sin la menor piedad de los usuarios, los trenes, subtes y demás. Los piqueteros y huelguistas hacen lo que quieren. Y muy rara vez se reprime o se levanta una medida de estas con uso de la fuerza pública. Uso LEGÍTIMO de la fuerza, para hacer respetar las leyes y derechos de los demás ciudadanos. No importa, REPRESIÓN es mala palabra en Argentina.

Entonces qué le queda a los organismos de seguridad más que contemplar a los anárquicos tirando piedras, destrozando, lastimando, bloqueando y perjudicando a los demás, aun a sabiendas que, en muchos casos, ni siquiera tienen la legitimidad moral de la lucha sindical, sino que responden a intereses oscuros, políticos y económicos. Financiados por la corrupción y las mafias.

Da gusto culpar a Macri, a la Conmebol, la FIFA, Boca o River... Pero acá la culpa es de un sistema político que no consigue deshacerse de una mochila desde hace décadas.

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