- Por Alex Noguera
- Periodista
- alexfnoguera@hotmail.es
Cuando una semilla cimarrona que arrastra el viento finalmente encuentra sosiego a la sombra de alguna roca y se detiene al sentir la tierra húmeda, el trámite del parto empieza. Así como ese pequeño grano hunde su tímida raíz en lo desconocido para desplegar el milagro de la vida, también a veces basta un inocente detalle para que nuestra conciencia comience a germinar y florezca un mundo nuevo ante nuestros ojos.
Esta vez fue un niño junto a la barandilla de la balsa que con emoción gritaba a su madre: “¡Mirá, mamá, cómo se aleja la orilla!”. La mujer, distraída con su celular, ni se dio cuenta, pero no era la orilla la que se alejaba, sino la nave que echaba a andar.
Para el niño –que en su ignorancia era el centro del universo– la tierra firme era la que cobraba movimiento y no él. ¿Cómo explicarle que él era nada en medio del infinito? No valía la pena gastar saliva. Él era feliz, con el viento fresco jugando con su pelo y con la magia de mover el mundo según su limitado entendimiento.
A punto de dormir, envuelto en la placidez del río, malgastando el tiempo en no hacer nada, los rayos del sol y las olas me hicieron una jugarreta convirtiendo a ese crío en un importante político –que gracias a la magia de la imaginación– ya no estaba sobre cubierta, sino que daba un discurso en el Parlamento.
Ese niño egocéntrico era aplaudido por la masa exaltada, por sus compañeros de banco, que vitoreaban sus proyectos. Más dinero para sus gastos, más sistemas de salud gratuitos, más avionetas y helicópteros para sus viajes, más camionetas blindadas, más guardias de seguridad… lejos de la realidad.
Desde fuera se oían los gritos de la plebe hambrienta clamando por mayor presupuesto, que pedía nombramientos olvidados, que exigía mayor humanidad, que advertía del peligro de las hordas oscuras que marchaban hacia la capital.
A la izquierda del chico un reducido grupo sacaba cuentas. El dinero era lo único importante. Habría que retrasar la rebaja de los combustibles sin importar que los ciudadanos se estuvieran desangrando… total ellos, los honorables, tenían sus tanques siempre llenos. Y sin pagar.
Hacia atrás otro grupo discutía sobre su propia seguridad. Hablaba de la violencia y del sicariato, cuyo auge no tenía comparación con ninguna otra época. Los miembros miraban a diestra y siniestra y en voz baja murmuraban que no confiaban en la Policía. Tenían miedo.
El niño se había sentado y como un vigía captaba todo lo que sucedía a su alrededor. Los bocaditos habían llegado. Eran finos y costosos. Muchos colegas devoraban las viandas más por costumbre y avaricia que por una real necesidad; otros mordían un canapé y lo arrojaban a la basura. Los demás no prestaban atención a la comida.
En el fondo se escuchaba a uno que se quejaba del Presidente, que sin provecho viajaba por todo el mundo y que dejaba el Gobierno a la deriva, sin timón en medio de la tormenta.
El sonido de la sirena anunciando la proximidad del puerto hizo que me despertara. El chico seguía allí, ahogado de soledad; la madre continuaba absorta tecleando su celular sin sentir la brisa, sin oír las aves, sin ver las blancas nubes pintadas en el cielo, sin vivir, libre y presa del mundo virtual.
Libre y presa, como su hijo, que era capaz de correr y jugar limitado por los márgenes invisibles de la pequeña isla de metal que surcaba el río.
Libres y presos como los hombres que pelean por dinero, por poder, por lujos, por vanidad, por codicia. En ellos la semilla de la conciencia aún vaga a causa de los vientos y no puede detenerse para echar raíces.
Como ese niño, viven felices sin preocuparse del mañana, como si el tiempo no volara, como si la vida fuera eterna. Y, sin embargo, la otra orilla se acerca lentamente.
El viaje finalmente debe acabar y todos los pasajeros van a bajar, sean niños o ancianos, sean importantes políticos, pordioseros o adinerados comerciantes.
La orilla se acerca o nosotros nos acercamos a la orilla. ¿Importa? No sé, pero cuando la rampa de metal golpea la carne de la tierra todos deben abandonar la nave y exponer sus documentos en Migraciones y Aduanas.
El ojo inquisidor revisa y controla que todo esté en orden para poder continuar. Pero si no es así, si los encargados encuentran que el pasajero ha intentado burlar las reglas, el peso de la ley caerá sobre él.
Tal vez piense que con sus contactos podría salir indemne o quizá esté acostumbrado a engañar o a sobornar. Quién sabe. Muchas puertas pueden ser abiertas de diferente modo, pero no todas.
Basta que una sola se cierre para que no podamos seguir adelante.