• Por Felipe Goroso S.
  • Analista
  • Twitter: @FelipeGoroso

El Ministerio de Educación fue de los últimos en conformar su plana directiva; apenas 13 día antes de asumir, el presidente de la República lo confirmaba vía sus redes sociales. A los medios de comunicación se lo confirmaba (previa aclaración que lo hacía con autorización del presidente Mario Abdo Benítez) el ministro del Interior designado, Juan Ernesto Villamayor.

Lo que se dice en voz baja es que esta demora se debió a lo ardua que fue la tarea al momento de armar el tan complejo rompecabezas que implica la (quizás) cartera más poderosa del Poder Ejecutivo. Había y hay demasiados intereses.

Políticos: el arribo de Eduardo Petta al MEC se dio en medio de fuego cruzado entre aplausos y abucheos, como no se podía esperar menos teniendo en cuenta el perfil del ex fiscal. Quienes se manifestaron en contra del nombramiento de Petta al frente de la cartera dicen que es un político a cargo de una institución que debería tener un perfil más técnico. Que, como sociedad, nos planteemos este debate me parece bien, creo que es un paso. Ahora bien, podríamos agregarle que no es la primera vez que tenemos a un político liderando el ministerio de Educación. Raramente, en este caso se da una paradoja: un político que, según casi todos los diversos actores del universo educación, no dialoga. Quienes aplaudieron la designación del presidente de la República decían que a la educación le vendría bien el ímpetu del ex jefe de la Policía Caminera.

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Gremiales: Sacando a la Federación de Educadores del Paraguay, que ahora tiene a la cabeza a Silvio Piris (atrás quedaron los años de Corina Falcón) el abiertamente operador del oficialismo; todos los demás gremios coinciden en que en tres meses de haber sido nombrado al frente de Educación, el ministro no recibió a ninguno de los diversos gremios de docentes, de directores y de estudiantes. La pregunta que surge entonces: ¿El problema es que sea político o que sea un político que se muestra reacio a dialogar con ninguna de las partes?

De las organizaciones no gubernamentales: algunos mencionan a este sector como uno de los principales aliados de esta administración del MEC, desde los gremios docentes los ven un tanto como competencia en el equilibrio de poder que por décadas viene sosteniendo, aunque les cuesta admitirlo públicamente. Como dato, el profesional que reemplaza a la señora Ovelar fue director de una ONG con un fuerte protagonismo en el área de la educación.

Falta mencionar a sectores religiosos que toman partido por el ministro al que ven como un abanderado de la lucha en contra de eventuales modificaciones a la malla curricular que impliquen cuestiones como educación sexual o la mítica ideología de género. En contrapartida, no le perdonan a la hoy destituida viceministra Ovelar el ser hermana de una de las proyectistas de la ley de paridad.

Si la crisis estaba instalada desde los primeros días, ¿cómo es que nadie en el Gobierno la vio venir e hizo algo para evitarla? El hecho que tanto Petta como Ovelar hayan hecho públicas sus diferencias es una clara muestra de que se habían agotado las posibilidades de dirimir las mismas en privado; con el consiguiente resultado ya sabido, Ovelar fue destituida de su cargo de viceministra. Aún falta saber hasta dónde llegarán las repercusiones políticas de esta decisión del presidente de la República, ya que tanto la senadora Blanca Ovelar como otros altos exponentes de la bancada Añetete de la Cámara de Senadores, con diferentes tonalidades discursivas, hicieron saber su incomodidad y molestia en el asunto. Lo que no se animan a decir es lo más evidente: la falta de liderazgo y la poco ortodoxa forma que tiene el Ejecutivo de resolución de sus crisis.

Esta columna está muy lejos de tan siquiera intentar aportar certidumbres, al contrario, plantea varias dudas. Les quiero dejar una de ellas, probablemente la principal que me surge más como padre que como asesor político: en el medio de todo este sarambi, ¿quién se está ocupando realmente de la ya maltrecha educación paraguaya? Nadie puede dudar que esa debería ser una de las tareas más serias de la política, esa mala palabra que empieza con p y termina con a.

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