- Por Fernando Filártiga
- Abogado
Continuamos nuestra nota de la semana pasada sobre el ahorro como ventana de inclusión. En palabras del último reporte anual de la Estrategia Nacional de Inclusión Financiera: “[cuando] una persona toma un producto (…) como el ahorro, es más probable que use otros (créditos, seguros, etcétera) [para] iniciar y ampliar sus negocios, manejar riesgos y soportar crisis financieras, todo lo cual puede mejorar su calidad de vida (…)”.
Dinamismo. A diferencia del dinero en el colchón, el que depositamos en instituciones formales como bancos no queda dormido; al contrario, permite que las depositarias desarrollen operaciones activas, generen créditos y fomenten la inversión, sin olvidar algún interés para el depositante.
En función al sistema de reservas fraccionales, las instituciones financieras pueden otorgar créditos por múltiplos de los depósitos que reciben (efecto multiplicador del dinero), dentro de una arquitectura prudencial preestablecida en normas y vigilada por el supervisor. De esta manera, los ahorros de unos se transforman en más créditos para otros y se dinamiza la economía.
Profundidad. El ahorro es también un índice de profundidad. La inclusión es un concepto muy amplio, mayor que bancarización, especialmente a partir de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, comprende las redes de giros de las compañías telefónicas, muy utilizadas por personas que trabajan en Asunción para mantener hogar y familia en el interior. Estas personas, que antes debían trasladarse físicamente para llevar efectivo a sus familias, participan del esquema de inclusión cuando hoy envían el dinero mediante aplicaciones y corresponsalías de las telefónicas, sin haber pisado un banco en la vida. Hay otros productos menos casuales e incluso cuentas de dinero electrónico con las limitaciones del Reglamento EMPE (Res. BCP 6, Acta 18/2014).
Pero en el caso del ahorro en una institución tradicional, la relación de servicio es menos esporádica, porque el usuario confía al banco o financiera la custodia de su dinero de manera estable. El cliente puede transferirlo a otras cuentas, comprar, pagar servicios y concretar múltiples transacciones remotas a través de la banca en línea y el sistema electrónico de pagos.
En definitiva, mientras la gama de productos de las telefónicas y el ahorro bancario son canales valiosos y complementarios, el segundo plantea un esquema más estable que proyecta profundidad de la bancarización.
Incentivos. Los bancos hoy son más sólidos y profesionales que en el pasado y el Fondo de Garantía de Depósitos es un reaseguro para el ahorrista (Ley 2.334/03). El sistema cooperativo posee sus propios incentivos. El sistema de pagos (Ley 4.595/12) ha revolucionado la velocidad y confiabilidad de las transacciones, por lo cual el dinero en una caja de ahorro a la vista es a menudo de más ágil disponibilidad que el propio efectivo. Y como política social, el Banco Central ha reglamentado las cuentas básicas de ahorro en moneda local para personas físicas de menores recursos y bajo perfil de riesgo, otorgándoles facilidades como la no exigencia de montos mínimos para apertura/mantenimiento de cuentas y la posibilidad de habilitarlas remotamente mediante la tecnología (Res. BCP 25, Acta 51/2013).
Al final. Aunque la lista de incentivos continúa, el presupuesto lógico del ahorro es destinar un excedente de la renta de hoy, que a menudo no existe, a necesidades o planes del mañana. De todos modos, lo cierto es que la figura ha dejado de ser solo un buen hábito, o un capítulo no siempre popular de la teoría económica (paradoja de la frugalidad), para transformarse en bandera del programa de inclusión financiera.
Así como el ahorro apuntala ese programa, mayor capacidad de practicarlo y mejor calidad de vida deberían destacar entre los logros. Confiamos en que ello sucederá, si como país continuamos construyendo sobre el buen desempeño que ha tenido la Estrategia Nacional de Inclusión Financiera hasta la fecha.