Ayer fue el 3 de noviembre, fecha, más que feliz, como la bautizaron los estronistas, de infelices. En nuestro español rioplatense la palabra infeliz tiene un significado más denigrante que el de persona que no es feliz, es decir, infeliz es un insulto que descalifica a una persona por mezquina, atorrante, jodida, denigrada y denigrante: tal vez por eso el 3 de noviembre me pareció siempre, paradójicamente a su calificativo de “fecha feliz” que daban los adulones al cumpleaños de Alfredo Stroessner –más conocido ya por el calificativo que le diera con su tino literario Augusto Roa Bastos, Tiranosaurio–, fecha infeliz. Sí, la cola que se formaba sobre la avenida Mcal. López, desde el amanecer hasta las tantas, hasta que el dictadorzuelo decidía suspender el pasa manos, dejando preocupados y hasta desesperados, más que tristes, a los excluidos, parecía más bien una cola de infelices, en el sentido bien paraguayo, de desesperados que no habían logrado el objetivo de hacerse ver ante el dictador y, luego, ante la sociedad, donde el saludo recibido que se proyectaba por las pantallas de televisión podía encumbrar o derrumbar a cualquiera.
El saludo del Tira, como quedó apostrofado, era observado cuidadosamente y los que salían radiantes por haber recibido trato preferencial eran encumbrados y admirados y hasta sus medias chupadas y relamidas, con tal de gozar con su proximidad. Por el contrario, el que recibía trato indiferente, al que ni siquiera se le estrechaba la mano, ni mucho menos palmadas en el hombro, ni sonrisa destacada salía de Mburuvicha Róga deprimido y no recibía sino indiferencia de sus pares. Esa triste procesión no me daba ninguna impresión de felicidad, sino de perruna fidelidad, de penosa vergüenza ajena, agravada porque todo el mundo sabía que la mayoría de los colistas madrugadores no iban a una celebración feliz, sino a una triste peregrinación, que podía convertirse en cierta felicidad si el peregrinante salía con una sonrisa, o una palmada en el hombro o un apretón de manos más llamativo que el de la mayoría. Es decir, iban a un acto obligado para adquirir, mantener o aumentar las prebendas que el dictadorzuelo repartía a su gente.
Los propios estronistas, tiempo después de su caída, cuando se animaron a dar la cara porque estaba claro que la gesta del 3 de febrero no era una “revolución” a la vieja usanza, yma guaréicha, sino un intento de instaurar una democracia, se sintieron seguros de que no habría represalias, aunque las hubo en algunos pocos casos, y acuñaron en calcomonías que exhibían en sus autos, la frase “Era feliz y no lo sabía”. En cierta medida porque se sentían “infelices”.
La degradación se había ido acentuando con el correr de los años, a medida que el Tira mostraba cada vez más que estaba gagá y era más penoso inclinarse ante semejante piltrafa, ya desprestigiada a nivel mundial y hasta por quienes lo entronaron gracias a la Guerra Fría tanto más por la degradación moral que por la física; solo que no podían reconocerlo, era como el rey desnudo, a quien los súbditos debían ver elegantemente vestido para no quedar en offside.
No por mucho que los escasos estronistas quieran rememorar que era fecha feliz, aunque son bastantes los que pueden decir que eran felices, aunque son cínicos cuando dicen que “no lo sabían”, porque a cambio del servilismo disfrutaban de las prebendas.
Lo sabían bien y lo disfrutaban: privilegios, permiso para robar, hacer operaciones ilícitas, contrabandear, …etcétera. Las largas filas de infelices frente a Mburuvicha Róga, el rito de pasar la mano, prueba de fuego, se esfumó cuando la enfermedad ya no le dejaba estrecharla..
El Tiranosaurio no vio venir el cambio y el golpe. Y los estronistas no salieron a defenderlo a cañonazos, ni siquiera a hacer bulto para decir, ¡aquí estamos! La valentía, desde luego, no es cualidad de los adulones palaciegos, salieron corriendo, como el criminal Montanaro que había anunciado sus mortíferas bombas coloradas incluso contra el mismo ejército de los EEUU, ni los macheteros desenvainaron los machete, más bien salieron volando.
Ahora que ni el país ni el Tiranosaurio los necesitan, surgen los “combatientes estronistas hasta las últimas consecuencias, los que salieron corriendo el día de San Blas, ahora quieren “repatriar” los restos del dictador. Vale la pena recordarles que el Tiranosaurio no tenía patria, sino un botín de guerra, una guerra en que las víctimas eran los paraguayos, torturados y asesinados por paraguayos… ni siquiera él había ganado esa guerra civil del 47; solo le bastó dar un golpecito al presidente de su mismo partido, Federico Chaves, que trataba de… ser democrático. Y aprovechar la gran mano constitucional que le echaron los liberales con la Constitución que instauró a Estigarribia con plenos poderes.
Como se puede ver siguiendo el hilo de la historia; en un país de héroes ni siquiera tuvo, no ya que ganar, sino que pelear una batalla, ya que en la que le tocó en Boquerón dejó como “pedestal de gloria”, diría Emiliano, un mortero abandonado.
Así que la única batalla cívica y militar en la que demostró, más que talento, capacidad de intriga, fue en la de dividir y vencer.
A partir de Stroessner, el único cambio que experimentó el Paraguay fue la “división entre buenos y malos paraguayos”, que en la grosera síntesis que hacía cotidianamente la dictadura durante sus tres décadas de vigencia fue la de dividir, con el único slogan militar y civil que se le puede conceder a Stroessner como estratega: divide y vencerás.
El resto es resultado de la guerra fría y “mérito” de la inteligencia norteamericana, que lo consideraban un mal menor, “una dictadura que no daba dolores de cabeza”… a los norteamericanos, cabe aclarar, porque aquí en el Paraguay y en su alianza con los dictadores “útiles” a la Guerra Fría, dejó un tendal de muertos, torturados, exiliados… Están todavía en nuestra memoria como para olvidarlos.
Fecha infeliz, para festejo de los infelices, en el significado paraguayo.