El Congreso Nacional, la institución en la que se encuentran los más variados representantes de las comunidades de todo el país, tiene que ser el ejemplo y modelo de respeto a las normas de convivencia y las leyes de la República, de tal forma que todos los ciudadanos no pongan reparos a la hora del cumplimiento de las legislaciones que emanan de este poder del Estado. Pero cuando todo el país, a través de los medios masivos de comunicación, es testigo en vivo y en directo de una conducta irrespetuosa, grotesta y patotera de parte de un senador de la República hacia sus demás colegas, eso causa vergüenza nacional.

El comportamiento de ayer de un senador no tiene justificación y a la larga no le va a redituar tampoco beneficios prácticos ni para él ni para el pueblo. Lo que hizo al final no pasa de ser un show más fiel a su estilo, sin lograr tampoco su cometido del descuento de 10 millones de guaraníes para los legisladores raboneros. Su rol puede ser importante en el Congreso, pero con este comportamiento de ataque a todos por igual se está convirtiendo en un problema y no en una solución para quienes le votaron. Sabe que tiene la simpatía de mucha gente por su forma de actuar y que tiene siempre encima las cámaras, que las aprovecha a la perfección.

Desde de la existencia de las primeras civilizaciones ya se ponían en práctica ciertas normas de convivencia para hacer más llevadera la vida cotidiana de las personas. Aquellas que se apartaban de esas reglas básicas eran apartadas o separados de la sociedad, inclusive con castigos severos por considerárselas incapaces e irracionales. Las buenas prácticas de convivencia ya se dieron con las primeras civilizaciones urbanas de Mesopotamia, Egipto e India, en los valles de los grandes ríos del Nilo, Tigris y el Eufrates. Más tarde, con el salto de las aldeas a centros urbanos en China, América y Europa, también las normas de convivencia se convirtieron en una regla a cumplir para hacer más llevadera la vida de las personas. Todo esto ya ocurría antes del advenimiento del cristianismo.

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Han pasado miles de años y hoy, de la manera que estamos estructurados socialmente, aquel o aquella que no se ajusta al respeto a las leyes básicas de convivencia es finalmente ignorado o ignorada. A diferencia de aquella época, las acciones de personajes públicos se difunden de inmediato y casi a la velocidad de la luz por todo el planeta, aunque un acontecimiento puede resultar a favor o en contra, dependiendo de la percepción de cada uno.

En el Congreso existen muchísimos políticos con serios cuestionamientos en su pasado por hechos de corrupción. Sin lugar a dudas, cada quien y cada grupo con sus intereses particulares, por lo que es fácil para los detractores “agarrarse” de esos nombres y apellidos para hacer ruido y llevar agua a su molino. Esto ha sido siempre así y de seguro que va a seguir de esa manera. Así como se viene dando a nivel mundial con la presión social, como también está ocurriendo en nuestro país, es cuestión de tiempo para que aquellos que tienen cuentas pendientes con la justicia reciban la sanción que se merecen.

Las movilizaciones ciudadanas, ayudadas por las plataformas de difusión masiva conocidas como redes sociales, han colaborado e impulsado muchísimo determinadas acciones para que legisladores y fiscales sean sometidos a la justicia por enriquecimiento ilícito. De hecho, como lo digo siempre, estamos viviendo una primavera, una etapa en que la gente está siendo escuchada en sus reclamos. Nunca siquiera habríamos pensado que un Óscar González Daher o el fiscal Javier Díaz Verón estén encerrados. Y esto precisamente no ocurrió porque un senador o diputado montó un show mediático en el ámbito legislativo, sino que fue gracias a la presión de la ciudadanía, que se hizo escuchar de todas las maneras posibles.

Aplaudimos cuando un legislador plantea leyes para la gente, aplaudimos cuando un diputado reclama un hecho de corrupción, aplaudimos cuando un senador denuncia irregularidades en la administración pública, aplaudimos cuando un representante del pueblo desnuda falencias de la gestión de cualquiera de los tres poderes del Estado, pero lo que no podemos aplaudir es cuando un legislador pierde sus cabales. En estas condiciones, de seguir así, no es garantía para nadie. Su utilidad será mucho mayor si los reclamos, pedidos y presentaciones se realizan con respeto y un lenguaje acorde.

Cada quien tiene su forma y estilo, que se respetan, pero a esta altura del nuevo milenio, una República democrática espera un comportamiento ejemplar de sus representantes para impulsar las reformas necesarias con cierto nivel de intelectualidad. Un exceso como el registrado ayer en el Senado gana espacios mediáticos y adeptos por populismo, pero pierde efectividad en términos legislativos. Un ambiente de crispación permanente no es lo más sano para nadie, mucho menos en el ámbito donde nacen las leyes para 6 millones de habitantes.

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