- Por Felipe Goroso S.
- Analista
- Twitter: @FelipeGoroso
El Presidente vive esperando buenas noticias, va a los actos públicos, viaja, se reúne, pero las cartas con las buenas noticias no llegan.
De vuelta, eso fue lo que pasó el lunes, cuando visitando la planta de una industria se vio absolutamente sobrepasado por los cronistas de los medios que normalmente cubren la actividad del Palacio de López. Y no supo lidiar con ellos.
Ante los requerimientos periodísticos sobre temas que le incomodan (Petropar, Julián Vega y otros), el Presidente cayó en un pozo de nerviosismo muy evidente. De hecho, me tomé la molestia de sentarme a mirar los casi nueve minutos que duró el ida y vuelta con los periodistas. Realmente no tienen desperdicios.
Lo que empezó como una ponderación a la empresa visitada, terminó en lo que terminó. El comienzo del derrape presidencial se dio cuando se le consulta sobre uno de los temas que más le incomoda: la investigación periodística que viene llevando el diario La Nación sobre la gestión de Patricia Samudio al frente de Petropar.
Al instante, al presidente de la República lo traiciona su comunicación no verbal: frunce el ceño, hace un sube y baja con las cejas y, a pesar de dar un largo aliento previo (inequívoca señal tratando de elaborar una respuesta), responde anunciando la conformación de una comisión que será encabezada por un ex fiscal y actual concejal municipal de un partido supuestamente de oposición.
Pegado a eso, lanza una frase que lo acompañará el resto de su mandato: “Cuando los ataques son de los medios de Cartes, nosotros tenemos desconfianza”. No conforme con eso, dobló la apuesta: “Me atacó a mí durante toda la campaña y hoy soy presidente. Cuando Cartes te ataca a lo mejor significa que vas por el camino correcto, entonces no son creíbles”.
Listo, el trabajo de los medios del Grupo Nación estaba hecho. Nosotros habíamos hecho la mitad del mismo publicando hechos y documentos; y el presidente de la República hizo todo lo demás posicionándonos como los opositores de su mandato. Según me dice gente muy cercana al Gobierno, al primer anillo presidencial le puso los nervios de punta la tapa del diario La Nación del domingo: Petropar y las desprolijidades de Rodolfo Friedmann en una misma tapa era mucho para el brunch dominguero. La incontinencia verbal del Presidente fue en parte la consecuencia de ese pirevai.
Siento mucho por él y, sobre todo, por la investidura presidencial, a la cual al parecer no siente mucho apego o aún no termina de acostumbrarse. La comisión que anunció el Presidente colisiona (por decir lo menos) y es una pésima señal para tanto discurso sobre “recuperar la institucionalidad” de la que nos habló durante las internas y en las generales. Las instituciones que tienen que investigar están creadas, todas. Auditoría General del Poder Ejecutivo, Secretaría Anticorrupción, Dirección Nacional de Contrataciones Públicas, Procuraduría General de la República, el departamento de Auditoría de Petropar, Contraloría General de la República, el Ministerio Público. El anuncio hecho por el Presidente se pasa por las armas a todas estas instituciones. Y la mayoría de ellas dependen del Poder Ejecutivo, ya cuentan con presupuesto. Sin embargo, en la tarde de ese lunes se anunciaba desde el Palacio de López que tal comisión se le asignaría un presupuesto que ronda los 9 mil millones de guaraníes. Surgen tantas interrogantes, pero se me acaba el espacio en esta columna.
Pero volvamos al Presidente y su muy curiosa conferencia de prensa. El Presidente fue consultado sobre la visita que realizaría al Papa (quiso contar una buena noticia), solo que no esperó que una de las periodistas le plantee las dudas que generan el uso político que podría darle a la foto con Bergoglio, eso bastó para que el Presidente dispare: “A mí no me importa lo que opinen”.
Cuando ya era el momento de que alguien le diga al oído al Presidente que había que irse, que eso no daba para más, él sigue su caída libre. Sobre el traslado de la embajada paraguaya en Israel, dice: “Tomando postura uno contribuye a la paz”; y, por último, sobre el director general de Migraciones nombrado por él y que no duró más de 60 días, el muy afecto a los cuartos ajenos Julián Vega, ya fue un lacónico: “Se aceptó su renuncia”.
Presidente, en el cuento de García Márquez, el coronel espera durante quince años que le llegue una carta con buenas noticias. En nuestro caso, no tenemos tanto tiempo. Si no cuenta con alguien que le escriba las buenas noticias y, sobre todo, que le ayude a saber comunicarlas de manera oportuna y conveniente, por favor contrate a alguien. Que de eso se trata la política, esa mala palabra que empieza con p y termina con a. Y usando otra de sus desafortunadas frases, se lo seguiré recordando “hasta el día que me echen o que me vaya”. De lo contrario, estará muy cercano el momento en el que la primera dama le pregunte: “Dime, qué comemos” y que usted le responda: “Mierda”.

