El escándalo fue de baja intensidad, por eso de las circunstancias diplomáticas, ante un hecho insólito y, creo yo, sin antecedentes: un miembro de la delegación oficial del Gobierno paraguayo en Taiwán fue denunciado por tocarle el muslo a la traductora designada por el gobierno local como intérprete. La china no tuvo reparo, como corresponde, en denunciar el abuso, insólito, proviniendo de un representante de una delegación “diplomática”; es decir, no un paraguayo cualquiera, sino un representante del Paraguay. El exabrupto no dejaba lugar a dudas; tratándose de un encuentro internacional diplomático de buenas relaciones entre los dos países, no podía tratarse de una confusión que se hubiera dejado pasar de largo, sino de una agresión, de un abuso machista, hoy en día, afortunadamente condenado públicamente por la sociedad mundial.

El abusador ni esbozó defensa, sino que presentó renuncia y abandonó la delegación con una patada en el traste, que fue dada por China-Taiwán, y no por la delegación oficial paraguaya, a quien correspondía, que lo dejó renunciar, en vez de renunciarlo ignominiosamente por el papelón internacional que no solo afecta al abusador, sino al país.

Así fue que retornó, sin anuncio previo a la sociedad, aunque sí para su claque de correlís que lo esperaban en el aeropuerto para reivindicar, con plena complicidad, al echado del país amigo con plazo inaplazable, es decir, denigrante, como correspondía al acto denigrante que protagonizó.

El show en el aeropuerto fue el segundo acto de un esperpento, comedieta grotesca y vergonzosa: correligionarios y correligionarias, presupongo que sectarias, porque la gran mayoría de las mujeres representativas del coloradismo no estaban allí, lanzaron exabruptos de lo más disparatado y denigrante, para las y los recepcionistas, y vergonzantes, por lo menos, para el Paraguay. Era el segundo acto de “denigración” internacional de la palabra “tatu”, que designa en el idioma vernáculo al órgano sexual femenino y que no tiene la culpa de los abusos que se cometan en su nombre. La primera, por si los lectores no lo recuerdan, fue en el mundial de Rusia, aunque esa vez los que hicieron la denigración no eran, creo, conscientes de que estaban ante un desplante internacional, sino que pretendían, con precariedad intelectual, hacer un “chiste”. Las mujeres y hombres que se expresaron en la bienvenida del abusador eran conscientes de lo que estaban haciendo y atacaron a la mujer china abusada por haber denunciado al abusador, con criterios tan abyectamente machistas que daban vergüenza. Acaso la “toqueteada” creía tener “tatu de oro”, es decir, concha de oro, creando categorías de los tatu que harían que solo las que lo tienen de oro pueden quejarse ante la violencia del vejamen del violador. Con lo que se dejó sentado un precedente que sienta abuso-imprudencia para catalogar las violaciones, de acuerdo al valor, en oro, plata o ojalata con que evalúan los abusadores o los y las, que en este caso es importante registrarlo, que justifican los abusos contra la mujer.

El extremo del absurdo es que la historia es posible que registre, dado que es mucho más agresivo tocar un tatu que acariciar una pierna, aunque la violencia de la agresión sea la misma, al abusador en un acto de mayor escándalo.

La argumentación bruta termina agravando, como corresponde, al violador y a sus defensoras y defensores. Es decir, desnuda la barbarie de justificar violaciones.

El hecho sería anecdótico si hubiera terminado con la destitución oficial del funcionario que integraba la delegación, para dejar el precedente de que un representante oficial de una delegación oficial, presidencial para más trascendencia, debe comportarse como tal y no como un energúmeno. Lastimosamente, la complacencia con que se lo despidió permitió y fomentó un acto de “desagravio” a un funcionario que agravió a China-Taiwán, un país amigo, y al Paraguay que le dio la responsabilidad de representar al país, para lo que, evidentemente, no está capacitado, como queda ilustrado; y que no tomó conciencia de su error, de su horror, pensando en el país, sino que se hizo “desagraviar” con un acto público, en el que se volvió a agraviar a la funcionaria china vejada.

La sanción para el funcionario; la reparación para la violentada y las disculpas oficiales ante el Paraguay y China-Taiwán están pendientes. Lo único vigente es la impunidad de siempre; aquí no pasó nada, ya que la china no tenía “concha de oro”.

Hay que reparar este disparate machista, mujericida.

Será justicia.