Ella estaba sentada sobre el tronco de un árbol caído, distraída del mundo, pero concentrada oyendo el canto de los alegres pajaritos que como todas las mañanas se escondían entre el tupido follaje de las plantas de mango que jugaban a atrapar el viento con sus hojas.

A mis 12 años (tal vez) me acerqué a esa desconocida, pues me había quedado rezagado, apartado de mis compañeritos, porque no quería entrar al edificio que me causaba miedo. Sin embargo, allí, en el patio de tierra y pasto, esa “vieja” de 35 años exhalaba tanta paz que al cabo de unos instantes hablábamos como grandes amigos. No recuerdo su rostro porque desde entonces transcurrieron demasiadas vidas, pero a veces cierro los ojos y vuelve su figura de mujer serena y una canción –entonces inédita para mí– que me dedicó cuando nos despedimos: “Soy rebelde” (Jeanette).

Fue ese día, en una excursión del colegio, cuando por primera vez fui a un manicomio –hoy Hospital Psiquiátrico– para llevar cigarros y caramelos y así aprender sobre los locos, muchos de los cuales –se decía– estaban encadenados y gritaban cuando les aplicaban choques eléctricos para curarlos. Así les llamaban: locos. Los locos me causaban miedo, pero ella no. Bueno, en ese momento no podía saber que esa mujer también tenía problemas mentales.

Esta introducción muy personal viene al caso porque la semana que hoy finaliza se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental, cuyo lema de este año fue “Los jóvenes y la salud mental en un mundo de transformación”.

Más que repetir cifras, como que en Paraguay cada año unas 120.000 personas acuden al consultorio por cuadros depresivos y trastornos de ansiedad, creo importante resaltar las palabras del ministro Mazzoleni, quien indicó que la salud metal constituye un problema grave. Grave, muy grave, pienso.

Coincidentemente, esta semana arrancamos con dos asesinatos: el de un guardia de seguridad y luego una mujer de 26 años, Alicia Raquel, que asestaba 17 puñaladas a su pareja. En un espeluznante video ella relata que le preguntaba a su víctima agonizante quién estaba más loco, si ella o él, y la respuesta del moribundo era “vooooossss”.

Al día siguiente, el martes, merendamos el macabro quíntuple asesinato en la Casona del Horror y antes de caer la noche saltaba otro doble homicidio de una pareja de ancianos, de 76 y 75 años, que apuntaba a un feminicidio y posterior suicidio. Y sin dejarnos tiempo para asimilar tanta sangre, el miércoles, desde Capitán Bado, informaban de un triple asesinato y en Presidente Franco otro guardia era muerto y su asesino bailaba y le pisaba la cabeza. Ayer nomás una mujer falleció en Capitán Bado víctima de un sicario.

No solo los jóvenes –como menciona el lema–, sino todos estamos expuestos a las locuras en este mundo de transformación. No nos damos cuenta, pero a tal punto está la locura por todos lados que hasta los mismos adultos hacen memes y bromas, como en el caso de Alicia, a quien por redes sociales atribuían el mensaje de que ya estaba libre de su relación y lista para emprender otra.

¿Hay más violencia en el mundo o es que los medios informan más rápidamente que antes y parece que hay más casos? Lastimosamente la violencia se multiplicó y se desborda en cada esquina, a cada minuto. Un ejemplo es la vivienda en la que se cometió el quíntuple asesinato. Allí hace 105 años el Dr. De Finis cometió un crimen, pero como fue un caso aislado conmocionó a la sociedad de entonces. Hoy, sin embargo, los asesinatos caen como lluvia en todas partes.

Los individuos de la sociedad se volvieron dependientes de la información, están atados a sus dispositivos y todo parece un juego, un peligroso pero emocionante juego que no les da tiempo de asimilar las desgracias. Cada vez son más insensibles ante el dolor. La tecnología nos está deshumanizando, nos hace olvidar que somos de carne y hueso y que tenemos una sola vida y que no es un juego que al perder se puede reiniciar.

A veces, como hoy, recuerdo a esa mujer del tronco y de los pajaritos que cantaban esa mañana. También a esos grandes colosos verdes que danzaban con la brisa y aplaudían con sus hojas a los artistas en el escenario de tierra y pasto. A veces me pregunto si ese era realmente el manicomio o si el manicomio estaba afuera, con locos que fingían cordura.

A veces me pregunto por qué allí, en ese patio, no sentía miedo de los locos. Es cuando escucho esa melodía que ya no está: “y quisiera ser como el niño aquel, como el hombre aquel que es feliz...”.

En un mundo tan frenético como el actual es preciso quitarnos los zapatos y sentir la tierra y la brisa. Debemos dejarnos arrastrar por los sentimientos nobles y no solo dejar que nos atraviesen las efímeras emociones mediáticas.