- Por Guillermo Ramírez
- Gerente de GEN
Era viernes de noche cuando terminamos la mudanza familiar a la casa en la cual vivimos desde hace dos años. Con los muebles desordenados y las ropas tiradas pedimos pizza y vimos una película, cansados pero con toda la energía de iniciar un proceso nuevo en una casa nueva. La vida era buena y nos sonreía. Para la tarde del día siguiente nuestra excitación migrante se había esfumado para ser reemplazada por un hastío poderoso, ya que el exagerado parlante del vecino se encargó de llenar el aire con un playlist de lo que se conoce como “cachaca piru”.
Desde esa tarde conocimos los hábitos de entretenimiento barrial de mi vecino, al caer el sol la nostalgia se apoderaba de su ser y probablemente la música, esa música, era un vehículo para ir a un mejor estado de ánimo, como hacemos todos los melómanos.
¿Pero por qué me molestaba la música de mi vecino? La respuesta es sencilla, porque yo no estaba acostumbrado a ella, porque yo me crié escuchando otras cosas, porque mi barrio del centro de Asunción era bastante homogéneo y no estuve expuesto a expresiones culturales distintas hasta más entrado en la vida y las personas somos célebremente famosas por rechazar lo que no conocemos antes incluso de darle chance a ver si nos gusta o no. La carencia de una planificación urbana con mirada social en nuestro país es histórica, y eso genera que los barrios sean más o menos todos habitados por personas de la misma clase social, los pobres con los pobres, los ricos con los ricos, los demás en el medio. Y esto es un gran problema, ya que nos aleja como ciudadanos y no permite que se interpele a esa narrativa de separación por clases sociales. ¿Cómo desarmamos este problema? Una opción práctica y duradera es la de hacer crecer exponencialmente la cantidad y calidad de nuestros espacios públicos.
¿Qué tienen de especial estos espacios? que permiten que las personas que viven en un lugar determinado puedan interconectarse en experiencias comunes simultáneas. Vivir un momento preciso rodeado de las personas que habitan el mismo espacio común que yo habito permite que se genere una sensación de pertenencia comunitaria que favorece el suavizar de los posibles conflictos.
Habitar espacios comunes torna borrosas las diferencias del tipo socio-económico y permite la unión por sobre las mismas al premiar lo que tenemos en común, como por ejemplo el gusto por una obra de teatro, por el aire libre o por una banda de música, antes que lo que nos hace –supuestamente– diferentes y que es constantemente alimentado desde narrativas periodísticas alarmistas.
Asunción necesita desesperadamente de espacios de uso público que permitan vivir la ciudad desde las experiencias comunes y alejarnos, aunque sea por un momento, de la compartimentación de vivir en una ciudad fragmentada por su carencia de movilidad y profundas heridas sociales (habitabilidad/cultura/economía). Todas las ciudades del país se verían beneficiadas de contar con espacios públicos que permitan que personas que no viven cerca y que no trabajan juntas compartan un mismo espacio.
Ahí nos podemos ver jugando con nuestros hijos, tomándonos selfies con nuestras parejas, mirando pensativos al horizonte, sin ese kit de diferencias. Nos podemos mirar como comunes, como miembros de la misma especie, para bajarle el volumen al miedo al otro, para empezar a hilar un tejido social mucho más resistente.
Es deber del Estado proveernos a los paraguayos de espacios públicos de calidad, porque estos inciden directamente en nuestra calidad de vida y además porque al Estado le conviene, ya que genera una sociedad más abierta y colaborativa, permite la aparición de nuevas oportunidades y provee de un entorno menos conflictivo. Necesitamos más costaneras, parques, plazas, bicisendas, parques nacionales, skate-parks y canchas de barrio. Necesitamos estar más cerca, porque solamente así podemos aprender a reencontrarnos como paraguayos.

