- Por Alex Noguera
- Periodista
- alex.noguera@gruponacion.com.py
Hay veces que no sé si a los médicos debería uno tomarlos en serio y admirarlos o recetarles un buen purgante, pero diluido porque no está bien ser demasiado malos.
Y es que cada vez que una persona va al doctor, este le asegura que tiene esta o aquella enfermedad; por tanto mientras que un simple mortal no pise un consultorio, conserva su salud. Pocos son los seguidores de Hipócrates valientes que dejan ir a sus “clientes” sin anunciarles un mal.
Es más, de tanto escuchar las plañideras anécdotas de batalla de mis convencidos achacosos contemporáneos sé de antemano lo que normalmente dice un doctor a la hora de consultar. Si está de mal humor pone cara de ogro y lanza un “estás gordo”. Así, en seco, sin anestesia. Por el contrario, si el de la bata blanca y estetoscopio está contento solo dice: “Hay que hacer dieta”, sin especificar quién es el que debe ponerse a régimen. Pero después no puede con su genio y anota la orden para un análisis de sangre, como si la sangre se encontrara en cualquier esquina y sobre todo sin necesidad de que una aguja invada las más íntimas fibras de nuestro cuerpo para obligarle a salir fuera, contra su voluntad.
Es entonces cuando su cerebro aprieta un botón de play y la grabación corre sola: “Ejercicio, al menos caminata, trote si es posible (sin pensar que un motochorro o un chespirito pueda asaltarnos en el parque, lo que sería muy contraproducente para la salud); dejar el asado, la carne roja hace mal (como si los paraguayos viviéramos en una isla y los pescados fueran baratos y abundasen); dejar el alcohol (sin embargo él no piensa en que hasta los apóstoles se ponían contentos cuando el agua se convertía en vino); dormir temprano (misión imposible con wifi y cable); beber al menos tres litros de agua por día (eso ni los magos); comer verduras y aceite de oliva.
Bueno, a pesar de tan lúgubres antecedentes me convencieron de que por la llegada de la primavera, para estar tranquilos (¿?) sería buena idea que me hicieran un chequeo general. Y fui a la guerra contra esa enfermera vampira, insaciable, a quien después de atarme el brazo con una gomita apliqué un furibundo alarido (es una técnica de ataque de karate, no confundir con miedo). Me miró fijamente a los ojos… y no de amor. Me amenazaba con la jeringa. Cerré los ojos y fingí desmayarme. Tan buena fue mi actuación que cuando desperté minutos después ya me había clavado.
Al día siguiente llevé los resultados. Y como sabía, de estar sano antes de la consulta, salí con que mi colesterol no sé qué y que tenía que cuidar mi presión. Y como había anticipado, la cura para todo era la misma siempre, en resumen: dieta y ejercicios.
Al despedirme, el médico se hizo del gracioso y por la primavera me dijo: “Lo felicito, amigo. Si la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, usted está muy, pero muy sano”.
Sonreí contento porque en la mente se me quedó como eco lo último que dijo, eso de “muy, pero muy sano”. Pero en la parada de bus comencé a analizar su frase completa y ya sentado en el colectivo entendí que su mensaje no fue que estoy sano, sino que elegantemente me llamó viejo. Sí, me dijo que estaba muy sano de juventud, por lo tanto, ¡viejo! Pero ya era tarde y no iba a perder mi pasaje para reclamarle su poco agraciado comentario.
Así recibí la primavera, con la presión alta a causa del disgusto, sobre todo mascullando cuál sería la venganza más adecuada. Pensando. Pensando. Pensado.
Y así, las ideas nacieron y murieron. Muchas cuestionando con incredulidad la realidad, como la dichosa Ley Anita, que habilita a que desde los 18 años los ciudadanos sean donantes. Es decir, dentro de poco habrá muchos órganos para los mayores, pero, ¿y para los niños? Si los órganos de los adultos no les sirven, ¿de dónde se van a proveer? Ellos siguen sujetos a la voluntad de los tutores, que deben firmar su autorización, ya que los menores de edad no son donantes. Dicen que es para evitar el tráfico de órganos, deleznable desde todo punto de vista.
Otra ley surgida para evitar este horrendo tráfico es la que prohíbe la donación –aunque sea voluntaria– de órganos a personas vivas fuera del cuarto grado de consanguinidad. ¿Por qué no puedo donar mi riñón si yo quiero y con eso puedo salvar a una persona?
Así, los hilos de mis ideas se iban tejiendo y se confundían en una maraña de preguntas e incógnitas, googleando sobre leyes que desconocía y rumiando el “muy, pero muy sano”.
Hasta que encontré a quien me devolvió la sonrisa en el Día de la Juventud. Y claro, no fue un cualquiera. El prócer fue nada menos que Víctor Hugo, cuya inspiración nos regalara estas palabras: “Los 40 son la edad madura de la juventud; los 50 la juventud de la edad madura”, así que vaya esta frase hoy para todos los jóvenes “muy, pero muy sanos”. ¡Feliz primavera!

