A escasos días de haber anunciado, como broche de oro a su discurso de asunción de mando que al término de su mandato se iría a su casa asumiendo el cargo florero de senador vitalicio, en un claro mensaje a los ex presidentes que anunciaron no pretender la reelección, a alguien del Gobierno se le ocurrió, como feliz idea, convocar a un debate karape para estudiar, preparar una Convención Nacional, con lo que se parecía demasiado que se volvía a repetir la historia de decir no a la reelección aun con un pie en la llanura, y plantear a continuación una constituyente o una enmienda para la reelección.

Lo notable del caso es que simultáneamente a la convocatoria desconvocada casi de inmediato, dada la profundidad abismal de la metida de pata, en el Senado se estaba negando la asunción al cargo de dos senadores electos por el pueblo, proclamados por el Tribunal Superior de Justicia Electoral, el órgano constitucional pertinente, habilitados, incluso, con dictamen a favor de la Corte Suprema, a pedido de los propios senadores, la única instancia autorizada por la Constitución para establecer si un hecho es constitucional o inconstitucional; pese a todo, la mayoría de los senadores decidieron que los senadores no podían asumir por no tener los votos suficientes del Senado, es decir la mayoría de 34 senadores. Nació así el famoso Art. 34 que autoriza a los senadores a desnombrar senadores, es decir sus pares, que han sido nombrados por el voto popular, el mandante de todas las autoridades en una democracia, y consagrados por la institución pertinente, el Tribunal Superior de Justicia Electoral, tras un proceso electoral calificado por observadores internacionales como impecable.

Así fue aprobado por una constituyente fantasma, en la que nadie votó, el derecho de un grupo o grupete de senadores el famoso artículo que está por encima de la Constitución, y de la Justicia Electoral, con una constituyente exprés de facto. Puestos ya a actuar cada quien a su manera, el presidente del Congreso, en el término de su etapa de tal, asumió aun por su cuenta y por sí mismo hacer jurar a dos senadores que no habían sido ni votados, ni electos ni proclamados, instituyendo otro nuevo artículo de la nueva constitución mbarete de facto, dejando afuera a los senadores electos.

El presidente del Congreso en el corolario, hasta ahora, se declaró impotente para enmendar el quilombo institucional, ya que dijo que no iba a actuar de facto como sus predecesores, porque no era legal; en esto último, al menos, tiene razón. Es decir, el ex presidente mandante desnombra y nombra, pero el presidente en ejercicio dice que no puede hacer nada; así que en el Congreso manda el que logra afinar el Art 34 o incluso el que se anticipa para dar el golpe… golpe a golpe

La conclusión es la del prepotente: “Tiene razón, pero sigue preso” por orden de cualquiera que asuma el artículo 24 o cualquiera que se sienta lo suficientemente mbarete como para proclamar y desproclamar a quien le cante, sin que nadie pueda hacer nada. Así que el Senado está conformado en forma ilegal, por un ex presidente, al término de su mandato, quien, como a lo largo de su trayectoria política, dio un golpe por el que nombra senadores a quienes no han sido elegidos por los votantes ni nombrados por las autoridades de la Justicia Electoral.

Llegado el caso, por si faltara poco, de nuevo, los profesionales de la Justicia Electoral indicaron como debía ser la sucesión del cargo vacante de un senador renunciante, de acuerdo a la ley, recayendo el voto sobre el senador del grupo más votado, pero, ya no sorprendió, creo yo, a nadie o casi nadie, que se recurriera de vuelta al inexistente artículo 34 y se proclamara a otro menos votado.

¿Nos puede extrañar, entonces, que en este intríngulis laberíntico, en esta irracional encrucijada, donde la única ley que prima sea la del mbarete, se convoque a un debate “convención”, en vez de la constituyente, para reformar el aparato de la Justicia Electoral? Cualquiera se preguntaría para qué si ya está vigente la ley del mbarete y el artículo 34, que permiten a los senadores electos por el pueblo, su mandante, burlarse del voto popular y de la Justicia Electoral.

En fin, una vez armada la joda, se aplica el famoso principio del mbarete “para qué somos quienes somos si no mandamos” que había sido borrado por la Constitución democrática.