• Por Guillermo Ramírez
  • Gerente de GEN 

Nunca me gustó salir en fotos, nunca las entendí muy bien, no me gustan porque no sé salir en ellas, siempre poso incómodo, como con ganas de ir al baño, nunca sé qué hacer con mis manos y las termino poniendo torpemente sobre las otras personas y el resultado final es un mamarracho, bueno, yo termino siendo un mamarracho en las fotos. No sé salir en fotos porque yo no tomo muchas fotos, quizás porque soy de la Generación X y todavía tengo puesto el chip de que las fotos dependen de un medio físico con un límite máximo de 36 unidades y que encima después hay que revelarlas para poder verlas. Soy de la época en donde para tomar una foto vos tenías que querer tener esa foto. Soy de la época en la que tomar fotos era una forma de preservar un momento y no lo que es hoy, una forma de comunicación.

Todos odiamos cosas secretamente, otros odian públicamente pero de ellos no quiero hablar. Algunos odian secretamente a esa pareja de amigos que hablan en voz alta en el café de temas tan superficiales como ellos mismos, otros odian secretamente a su jefe o a sus compañeros que no dejan de debatir sobre la temperatura correcta para el aire acondicionado central de la oficina, varios odian en silencio, para sus adentros, a los veganos que no saben hablar de otra cosa que no sea de veganismo. Yo odio secretamente –y desde ahora de manera no tan secreta– a aquellos que se pasan tomando fotos, todo el tiempo, de cualquier cosa, incluyendo a cosas que deberían ser tan importantes que habría que protegerlas de las fotos. Vivimos en una era en donde la accesibilidad a la tecnología nos invita a los extremos, y el extremo de vivir la vida a través de una pantalla de celular es uno que rechazo.

Sin embargo soy culpable de cometer alguno de los crímenes que denuncio. Soy culpable de tomar fotos en conciertos, de filmar quizás alguna que otra canción entera, de tomar alguna que otra foto en un evento familiar o fiesta. Pero también comprendí la necesidad de –por ejemplo– llorar en silencio con “Here today”, de sir Paul McCartney, mientras todos mis sentidos se concentraban en ese mágico instante, con mis ojos puestos en el Beatle, no en su ser de luz contenido en la pantalla de mi smartphone. Entendí que ese abrazo con los perros cuando pasamos a semis de la Libertadores del 2013 viviría mejor en forma de un recuerdo que va a morir conmigo, antes que en una carpeta de Dropbox.

En realidad no odio a las personas que se pasan tomando fotos, es una exageración para este texto, pero siento que mi espíritu da estertores de tristeza cuando veo a chicos y chicas tan concentrados en guardar momentos en la memoria del gadget y no en la que tienen sobre el cuello. Porque los mejores momentos son –en su gran mayoría– multidimensionales y multisensoriales, uno querría poder cerrar los ojos y recordar aromas, sonidos, texturas, temperaturas, sabores, emociones, y para eso lo que tiene que estar prendida es nuestra capacidad de estar presentes en el lugar en donde estamos, no la cámara del celular.

Yo puedo cerrar mis ojos ahora mismo y recordar el show de Oasis en Rock in Rio 2001 y a esas 200.000 personas coreando “and so, Sally can wait...” como si fuese ayer. En el bolsillo de la bermuda tenía una cámara pocket Canon con un rollo de 36 a medio usar, no tenía el impulso de intentar registrar ese momento en un formato físico, eran otros momentos. Pero la dificultad de tener las cosas registradas en fotos de ese entonces nos dio también la habilidad de recordar las cosas –cuando el alcohol nos lo permitía– de una manera tan real que es real sin poder verlas, porque en ese momento guardamos al instante con mucho más que la lente de nuestros ojos, lo hicimos con el espíritu y la intención, cosas que aún no tienen su equivalente digital.

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