¿De qué le sirve a esa niña de 13 años violada por una jauría de salvajes de la Marina que el presidente de la República nombre al vicealmirante Bienvenido Arévalos como nuevo comandante interino de la Armada Paraguaya en reemplazo del almirante Pablo Gómez?
A pesar de ser jefe de estado mayor, Arévalos llega “sin saber nada” del caso y para intentar hacer justicia y calmar las turbulentas aguas de una indignada sociedad, pero tratando de que se dañe lo menos posible la imagen de la institución. Gómez, por su parte, se va con la deshonra de haber sido cambiado a causa de semejante ignominia, pero poco importa, ya que no pasará mucho tiempo para que todos lo olviden y él siga su vida como si nada hubiera pasado, “con la conciencia tranquila”.
El capitán de navío Mario Sanabria González reemplazó a su par Celso Chávez como director del Material. ¿Y? ¿En qué cambia ese manto de vergüenza que cubre la otrora gloriosa Armada paraguaya, aquella que defendiera la patria contra los poderosos acorazados brasileños en la Guerra Grande, aquella cuyos hijos se inmolaran en sacrificio entregando su sangre y último aliento por defender a sus propias madres y hermanas del inminente abuso de los insaciables kamba?
¿De qué le sirve a esa madre ver a su pequeña destrozada si sabe que cada noche de su vida las lágrimas les acompañarán hasta quedarse dormidas?
Ni el más aterrador castigo puede menguar el dolor que sintió la nena siendo diversión de esos faunos del río.
“No soy un monstruo”, es la frase que aparece en defensa del hecho consumado. Ahora resulta que todos son inocentes y que sin querer nomás, con engaños, hicieron entrar por detrás de la barda de seguridad a la nena, sin querer nomás le dieron alcohol, sin querer nomás uno tras otro la ultrajó, sin querer nomás se rieron a carcajadas mientras grababan con sus celulares, sin querer nomás la mantuvieron presa y sin querer nomás no era había sido que cumplía 18 años. No. Tenía 13 y no merecía el regalo que le prepararon.
Las Fuerzas Armadas están para proteger a la Nación; se les paga un sueldo y hasta se tolera la ociosidad en la que se desenvuelven porque no hay guerra, pero nada justifica que se hayan extralimitado.
Una cosa es beber, emborracharse, gritar, incluso disparar al aire para autoconvencerse de que son valientes y capaces de enfrentar al enemigo que pudiera surgir en la nebulosa del futuro, pero lo que sucedió no es aceptable.
La única manera en que civiles y militares puedan convivir armónicamente es mediante el respeto. Los unos otorgan a los segundos el derecho de utilizar la fuerza y de ser sus defensores, pero los militares deben ganarse esa medalla con honor y lealtad.
La historia recuerda con hondo pesar, sin embargo, episodios en los que muchas madres confiaron en la institución en la que sus hijos luego fueron humillados, golpeados, “bullyineados”, incluso devueltos en cajones mortuorios sin ninguna explicación.
El hijo no es un juguete que se le da al militar para que este se divierta. El hijo es miembro de una familia, es esperanza de sus padres, ayuda para sus hermanos, fortaleza de los abuelos y base sobre la que se cimienta un país.
Con este nuevo gobierno llegó el aliento casi olvidado del miedo, la amenaza del secuestro de jóvenes en camiones verde’o, el temor a pagar tributos de llantos callados y dolores escondidos.
Por más que el poder de turno crea que los niños se hacen hombres a golpes, que hay que cortarles el pelo para que no sean nenas, la filosofía de los viriles marinos violadores de niñas menores merece repudio.
¿Qué madre entregaría a su hijo para “servir a la patria”? ¿A la patria? ¿Quién en su sano juicio –y que no sea parte interesada– optaría a estas alturas por las armas en vez del estudio como camino hacia el progreso?
Mientras que unos intentan reinstalar la práctica del esclavismo legalizado mediante “tiburones ballenas” y monstruos que navegan en barquitos de agua dulce, otros se capacitan para forjar mundos nuevos con herramientas informáticas casi ilimitadas que surcan la web hacia la esperanza del futuro.
Pocas mentes oscuras podrían organizar una fiesta como la que tuvieron y ninguno de los que protagonizaron esa aberración imaginó cómo acabaría. Ni las consecuencias para esa niña que fue objeto de sus lascivias.
¿De qué le sirve a ella los cambios en los altos mandos si existen códigos de honor no escritos que protegen, ocultan y disculpan los errores de los camaradas?
En este caso, al menos, la víctima salió con vida, no como otras que murieron “sin querer” siendo diversión de sus superiores. El hartazgo hacia ese tipo de conductas hizo que la sociedad les dijera no y surgió la objeción de conciencia. Es necesario que la Justicia desenmascare a los faunos del río para que no sigan nadando en la impunidad.

