Varias veces cuestionamos que el estilo reactivo del gobierno que concluyó su mandato el 15 de agosto fue un pasivo de la gestión y que le acarreó varios dolores de cabeza. Si embargo, la diplomacia de Luis Castiglioni dobló la apuesta “nivel Dios” (dirían los millennials) y quiso castigar la iniciativa del gobierno de Cartes sin un mínimo calculo de acción-consecuencia, haciendo lo que en el concepto diplomático podría catalogarse como el tour de un elefante por una cristalería.

Probablemente, el gobierno del señor Abdo Benítez no hubiera firmado la intempestiva cancelación del traslado de la Embajada Paraguaya a Jerusalén si antes hubiera reunido a los más calificados de su mundo de expertos en relaciones internacionales –que sí los tiene la Cancillería Nacional– a reflexionar con razón y sin pasión sobre las consecuencias que tendría este paso, no solo por la categoría de buen cliente comercial y buen cooperante del Estado de Israel, sino por la preponderancia de este país en el mapa geoestratégico mundial.

El gobierno cumple apenas 20 días con una crisis diplomática absolutamente evitable y –lamentablemente– teniendo para sí todo el tiempo del mundo de generar un debate sereno de la misma forma como obra cualquier diplomacia del mundo, con un diálogo amistoso con el país afectado: negociación, negociación, negociación, resultado.

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La diplomacia fue fundada en la historia de la civilización como una fórmula para resolver disidencias aun dramáticas como la guerra, e impone a sus profesionales procesos generalmente presididos por el diálogo y la negociación. En ese marco, cualquier decisión debe estar sopesada con la balanza suprema de la diplomacia que es el cotejo de las consecuencias que tendrán las decisiones que se toman. Ese procedimiento no se tuvo en cuenta y ello se puede leer en la primera página de cualquier manual del kindergarten de la diplomacia universal.

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