Por Eduardo “Pipó” Dios

Sigo pensando lo que pensaba hace un par de meses, cuando escribía y decía que Marito era uno más dentro de su grupo político.

El presidente de la República, lejos de mostrarse como un líder, como la cabeza del grupo político que detenta el poder, es un cacique más. Ni siquiera el más poderoso, simplemente uno más de entre todos.

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Esa supuesta sobriedad, de hablar de no entrometerse en los asuntos de otros poderes del Estado es nada más que el resultado de no poder hacerlo en la práctica. Insisto en esto, a Mario Abdo le tocó ser presidente porque en su grupo no había nadie más presentable que él. Marketineramente hablando, por supuesto. La cara bonita, el menos cuestionable de todos, el que medía mejor. Su grupo lo eligió, un grupo lleno de viejos y no tan viejos caciques, enojados con Cartes por los desaires y por sentirse desplazados por un entorno en el que no tenían espacio.

Obviamente, ahora eligieron mejor su mascarón de proa, como dijo Camilo en lo de Mina, ya no cometer el mismo error que en el 2013 cuando pensaban que Cartes sería fácil de manejar. Marito no tiene esa cintura ni los recursos propios que sí supo tener Cartes, o que aprendió por el camino. Claro que a Cartes ese curso express de política criolla no le alcanzó a la hora de vencer a los maestros del tema, pero estuvo cerca.

Mario Abdo trata de parecer líder, pero no tiene que gobernar tratando de congeniar los intereses personales de cada jefe y su coto de caza asignado.

Por otro lado, están los entornos, el familiar, compuesto de su familia y amigos cercanos, que tratan de protegerlo y fortalecerlo, por propia supervivencia, el de los políticos de la primera hora, que tiene que sobrevivir los intentos de los más nuevos de ser los influencers del primer mandatario. Este último grupo finalmente está dividido en varios subgrupos con intereses propios, la mayoría de ellos sectarios y non sanctos.

Y con non sanctos no me refiero a temas crematísticos, me refiero a intenciones políticas. Marito insiste en creer que sectores claramente opositores y anticolorados puedan tener intenciones reales de ayudarlo a hacer un buen gobierno. Eso sería para ellos como dispararse en el pie, ni Desirée Masi ni Efraín Alegre ni sus aliados, y mucho menos el Frente Guasu tienen intención de que a Marito le vaya bien. Para ellos, Marito es primero colorado, y después su amigo o aliado coyuntural. Hicieron todo lo posible por derrotarlo en abril y casi se dio.

Todos ellos saben que si a Marito le va mal, en el 2023 ganan caminando. Si le va bien, va a ser tarea difícil, y pueden perder espacios. Qué mejor entonces que ganar ellos mismos y manejar el poder como quieren. Para que compartir nada.

Hoy la lucha del Gobierno no es por salir adelante, es por borrar a Cartes del mapa, como sea, generando ellos mismos la batalla, buscando tocarle la oreja por donde sea para ver si pueden acabar con él. Es tan loca la batalla que prefieren, algunos de ellos al menos, entregarle una banca del Senado al PLRA que reivindicarla para un colorado, porque, coyunturalmente, hoy no les conviene. El cortoplacismo del Gobierno es pasmoso. Ese escaño regalado puede significarle la destitución en un juicio político en un futuro cercano, pero no hay caso. Los oídos de Mario Abdo están llenos de ruidos confusos, de consejos de dudosa intención.

Queda la esperanza de que algunos viejos caciques, con varias batallas, consigan imponer su criterio y el conocimiento que le han dado los errores del pasado y puedan corregir el camino, buscar la verdadera paz y la tan mentada unidad.

Sino, los devorarán los de afuera.

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