Por Augusto Dos Santos

Un país sin justicia es aún peor que uno con mala justicia. Un país sin justicia es peor aún que un país con pésima justicia. Para ir a un ejemplo futbolero que tanto nos ayuda siempre a salir de los berenjenales: es como plantearnos que de ahora en más los partidos de fútbol se jugarán sin árbitros porque los arbitrajes son malos. Por tanto, sería una determinación suicida plantearnos que para que desaparezcan los problemas del sistema debe desaparecer el sistema. Esta es la situación a la que nos conduce el debate sobre si un fallo de la corte puede ser respetado o no. Y no es la primera vez que nos sucede.

Plantearse concretamente la inocuidad de los fallos de la Justicia y determinar que la Corte Suprema de Justicia deja de ser árbitro de las grandes dudas que pueden surgir en la sociedad sobre la aplicación de la Constitución es declarar so’o el Estado de derecho, aun cuando todos estemos de acuerdo con que la Corte no funciona bien o la justicia genéricamente.

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La sociedad requiere de reglas de juego, aún mínimas y aún deficitarias si no es posible conseguirse otras. Imaginen lo que pasaría si hoy fuéramos los medios de comunicación y las redes sociales los que nos encargáramos de la interpretación de la Constitución desde nuestras diversas miradas e intereses. Ya solo faltaría que encargaremos a la Corte que se ocupe del trabajo periodístico para volver al escenario aún más peligroso.

Sucede que los paraguayos transitamos por el tiempo y el espacio sometidos a un destino aldeano que sobreactúa con dramatismo epiléptico ante los síntomas, pero no tiene ganas ni talante, ni talento, para abordar el fin de la enfermedad.

Podemos llorar mares diariamente por una mala actuación de la Justicia, pero a la hora de plantearnos el cambio de la Corte Suprema los mismos supremos cuestionados se convierten en supremos apañadores.

Lo singular es que el rostro de la justicia es horrible cuando unos intereses están en juego y se convierten en Natalie Portman en una mañana de primavera cuando favorecen a nuestros intereses. La mejor radiografía de ello es observar en que hemisferios de las cumbres de la Justicia se refugian a la hora de la verdad los que critican alegremente la “politización” de la Justicia, pero no tienen dramas en sentar sus políticas asentaderas en las antesalas de miembros de la Corte para negociar un fallo que les convenga.

En realidad lo que agrava el problema de Justicia que tenemos es la falta de madurez de la clase política y eso podría mantenerse sin solución de continuidad sencillamente porque sucesivas remesas que se incorporan a la justicia terminarán asumiendo que la clave de su funcionamiento son los intereses sectarios y no los generales.

EL IMPERIO DEL NDE GOLPISTA

Finalmente, accesorio pero curioso, es el tema del “golpismo” y una cuestión de significaciones que a nadie interesaría discutir. Desde que buscamos eliminar a Lino Oviedo como competidor del escenario establecido de la política Paraguaya el uso de la expresión “golpe” o “golpismo” se ha tornado de una cotidianidad fascinante. El otro día en la placita del barrio he visto personalmente cómo seis niños jugaban a la pelota y uno de ellos tras recibir un dudoso gol, validado por la mayor contextura física del oponente, terminó gritándole: mba’éiko nde golpista!

Cualquier folleto de semiología te cuenta que cuando abusás de determinados recursos simbólicos ellos terminan por naturalizarse y a pasar de la incidencia a la inocuidad. De nuevo estamos en una temporada de utilización de este recurso. Un día nos pasará como en el cuento del pastorcillo mentiroso: habrá un golpe en serio y ya nadie nos va a creer.

La manera de mejorar la Justicia no es que ella funcione como lo quieren los dueños de medios, los jefes políticos o la mayoría parlamentaria. La mejor manera de hacerlo es respetando las reglas de juego.

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