• POR MARCELO PEDROZA
  • COACH
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Producen un estado impregnado de entusiasmo. Generan una conexión con el ambiente que las rodea. Identifican y utilizan los sentidos que uno tiene. Estas son algunas de las consecuencias que suceden cuando el ser humano transmite lo que se denomina genéricamente con el término ganas. Es que las mismas residen en cada vida. Por eso durante el tiempo existencial ocupan un rol esencial. Son las impulsoras de las hazañas personales, de los triunfos grupales, de los hitos sociales.

El ánimo se nutre positivamente de las ganas que fluyen al darle prioridad al desarrollo de lo que permite la superación interior. Esto es posible debido al origen de la predisposición hacia una finalidad específica, dando lugar a la puesta consciente de los sentidos que facilitan la presencia de lo que cautiva y focaliza la atención, permitiendo el paso de las acciones que fomentan la concreción de lo propuesto.

Al deseo de alcanzar algo hay que ayudarlo a través del esmero puesto en el comportamiento que se necesita para hacer realidad lo esperado. Lo anhelado se representa en las ganas de vivenciarlo, lo especial se siente como tal; así el presente convoca a las actitudes que se hacen cargo de las obras que están dispuestas a elaborar, para lo cual hay que aportar las habilidades que se poseen y ponerlas a funcionar.

En ocasiones determinadas las ganas pueden plantear dudas acerca de cuál es el límite que uno posee. Así es, cuando hay ganas hasta los obstáculos considerados complejos se amilanan y dan lugar al crecimiento. Y conforme se alimenta la misión emprendida surgen nuevos condimentos que sostienen el banquete de los sueños, en él se encuentran las más variadas opciones de argumentos para seguir hacia adelante.

El movimiento producido por el efecto de las ganas de hacer una actividad debe producir un fenomenal paseo de las neuronas, a través de las redes sinápticas que se construyen en el cerebro. Es el reino de los impulsos que nacen tantas veces como sean bien recibidos, permitiendo el acceso de los hábitos que estimulan naturalmente las experiencias que fortalecen la procedencia de las ganas.

El afán de contribuir hacia el bienestar de los ambientes en donde cada ciudadano se relaciona es una de las fuentes primordiales para la convivencia. Hay que tener ganas de valorar dónde uno vive y a la gente que tiene a su alrededor; como también de aprender ante lo que sucede y darle a los hechos las perspectivas que concedan vías optimistas de apreciación, para continuar construyendo