- Por Mario Ramos-Reyes
- Filósofo político
La experiencia de vivir en una república, como lugar común de participación de todos en una comunidad política, requiere que los ciudadanos no dejen de lado la verdad. Esto parecería una ilusión, pues, se afirma, vivimos el tiempo de la posverdad. Que nada es verdadero y que cuando se esgrime, o se pretende por alguien, hablar de la verdad, se sospecha, casi instantáneamente, de que hay un poder escondido que quiere dominar. Y así, un cinismo paralizador socava las energías cívicas, dando razón al viejo sofisma de que solo el escepticismo –de que no es posible conocer la verdad y mucho menos vivirla– puede ser el "contenido" de una democracia.
Y este descreer de la verdad lleva a una comunidad, me temo, a un estado aún más grave. La de una actitud cínica que genera una forma de vida política en donde lo que cuenta es la influencia del poder, pues este –al no haber nada que lo juzgue como verdadero o falso, como bueno o malo pues todo sería relativo– define las cosas. Y aquel que invoca cierta verdad, es dejado de lado con burlas. La actitud de que no habrían convicciones verdaderas sino solo intereses. Y entonces, no importaría mucho la razón de la verdad, sino de qué lado y con quién uno esté.
Es el poder y no la verdad lo que cuenta. Pero esto no solo ocurre en nuestro tiempo de sociedad fluida, huidiza, líquida, dentro de la realidad de la vida política, sino, lamentablemente, hinca y se extiende a todos los ámbitos, el deportivo, el familiar, incluso el eclesial. Las gimnasias de autojustificación, en los gestos y palabras, y el olvido, son los síntomas de este tiempo. Todo parece contaminado. Como que la historia no ha enseñado nada. O si lo ha hecho, nada se ha aprendido.
Pero una república democrática, si quiere ser mínimamente humana, debe caer en la cuenta de que existe eso que se llama verdad. Y de que hay personas que también son verdaderas. De que una dictadura no es mejor –no lo ha sido– que una república democrática. Sin esto, no hay valores humanos fundantes, permanentes, inalienables, en una sociedad. Imagine el lector lo que sería sin verdad algo tan básico como el derecho a la educación. Asimismo, la educación es una verdad, pues el ciudadano, como persona, no nace "completo". Y como tal exige y debe ser incorporado a la sociedad. Educar supone que el ser humano se perfeccione, desarrollando todas sus posibilidades. Es un crecimiento pleno, total de la persona. Insisto, es una verdad humana. No es relativo –no da igual– si una persona se educa o no; si crece o no, si se la margina o no de los bienes de la sociedad. Ni es tampoco lo mismo que a cualquier cosa se llame educación. Por eso, de la aceptación de esta verdad, nacen derechos. Es que la verdad genera derechos.
Y así también, se podría incluir la verdad de los valores centrales que constituyen los derechos humanos. O por lo menos, esa fue la idea original de la elaboración de la Carta de San Francisco de 1948. La destrucción sistemática de lo humano, el Holocausto del pueblo judío, hizo repensar más allá que habría algo más allá de las meras decisiones del poder. Existe la dignidad de lo humano que no tiene precio. Siempre hay un ser humano con valor inalienable, infinito, verdadero.
Lamentablemente, la política democrática que se enarbola en este siglo veintiuno se ha ido vaciando de contenidos, rechazando no solo la posibilidad de la verdad de ciertos principios hasta decir que ellos no pueden ser parte de la democracia. Asimismo, lo democrático hoy, como gran narrativa, es reducido a una libertad meramente negativa y donde el "mejor" sistema sería el mero progreso material dejando de lado valores permanentes que son solo fuente de conflicto.
Por eso, la pregunta de la democracia es la pregunta educativa. ¿Cómo educarse para que la verdad se convierta en un fin de la vida humana? No encuentro otra manera sino el retomar y fortalecer las humanidades. No creo, ni ha existido otro camino. Es el sendero de las artes liberales, la de aquellas, como la historia o la filosofía o la literatura que hacen a un ser humano libre. Y lo hacen, pues comunica una sabiduría que abona el suelo nutricio de los valores democráticos. Creo, por experiencia personal, que la convicción de que algo es verdadero, requiere toparnos una unidad de la realidad, la unidad que implica un saber no fragmentario: la verdad de las cosas. Sin humanidades, solo quedan jirones, retazos de la realidad.
La promoción intelectual de lo técnico o el metodologismo didáctico, no es suficiente para dar contenido al cuerpo político. Ni es la acumulación de información la que hace íntegros a sus actores. Eso se logra con la formación de un conocimiento reposado, sapiencial, humanístico. Ese fue el ideal de la educación de la universidad, nacida dentro de la tradición de la Iglesia en los albores de Occidente, donde los saberes humanos y divinos se entremezclaban para desentrañar la verdad de las cosas. Reducir lo educativo a lo técnico o a lo meramente pragmático, como es la tendencia actual, es socavar los cimientos de una democracia.
Y creo que este tembladeral de falta de convicciones en que se está constituyendo el siglo veintiuno no tendrá salida si no se vuelve a las raíces. Ese construir sobre consensos de intereses sin convicciones es pasto fértil no solo para populismos, sino para sistemas políticos, aparentemente racionales, donde la hegemonía de la democrática liberal se reduce a su carácter procedimental. La democracia es saber procesos, técnica, medios, sin fin, principios, y donde sus valores son relativos. Se rechaza la posibilidad misma de la verdad en aras del consenso. Pero sin verdad moral no hay democracia. Es la manera más estúpida de construir un sistema político, pues se olvida que la democracia misma como tal tiene su valor que no es producto de la subjetividad de nadie, sino que vale en sí, para todos. Su valor está más allá del consenso: la democracia vale porque es, como la república, verdadera.