- Por Olga Bertinat de Portillo
- Escritora – Columnista invitada
Es en tiempos de Navidad y Año Nuevo cuando percibo que a la mayoría de la gente le gusta el ruido. En Nochebuena (momento de oración, reflexión y celebración familiar), estallan los petardos que nos revientan los tímpanos y la música estridente proveniente de algún parlante colocado al aire libre retumba en el estómago con un desagradable "pum, pum, pum".
Cada vez es más raro el silencio en estas fechas. Es como si no pudiera celebrarse quedamente, sin necesidad de tanto alarde y de molestar a los demás.
Lo que más fastidia es el ruido de las bombas y petardos y eso habla de la ignorancia de la gente que no sabe lo que significa la palabra "respetar al prójimo" o "respetar a los vecinos"… Y luego se ofenden cuando se les tilda de "ignorantes" y eso nada más significa que ignoran demasiadas cosas como por ejemplo: Ignoran que en las casas pueden haber personas enfermas y doloridas que necesitan descansar; ignoran que pueden haber niños autistas que con cada estallido de bomba comienzan a desesperarse y sufrir; ignoran que pueden haber ancianos a los que el ruido les sube la presión; ignoran que los animales también son sensibles a las explosiones y tanto perros como gatos tratan de esconderse debajo de las camas o meterse dentro de algún mueble. Los más desfavorecidos, los perros y gatos de la calle, corren despavoridos cuadras enteras tratando de ocultarse y huir del ruido infernal, pues ellos tienen el oído más sensible que el nuestro. Algunos andan y se alejan tanto de sus casas que acaban perdiéndose de sus dueños.
Es tanta la ignorancia que muchos ignoran que pueden perder los dedos cuando el petardo estalla en su mano; y lo peor de todo: Dejan que los niños manipulen y revienten a su antojo los cohetes para luego lamentarse cuando el pobre niño, que aún no conoce el peligro, pierde todos los dedos y sufrirá de por vida esa discapacidad.
Lo que me llama la atención es que haya gente que pague por el barullo, pues todo lo que explota y utiliza pólvora sale caro. Algunos no tienen qué comer, pero para comprar bombitas y petardos, sí tienen.
La ignorancia y la maldad unida a la borrachera hacen que algunos se "diviertan" estallando los explosivos en la boca de los perros asustados y luego descargan sus carcajadas ebrias y los miran sonrientes morir desangrados.
Y mientras la sociedad no asimile lo que significa la palabra "respeto" seguiremos con el eterno estallido molesto que acompaña no solo a las fiestas de fin de año; lo escucharemos también en cada partido de fútbol, en cada cumpleaños o reunión de amigos y en cada celebración que realicen, pues respetar a los demás pareciera una labor difícil, inalcanzable, impracticable.
Es sabido que una actitud negativa de un adulto o una costumbre adquirida con los años es muy difícil de cambiar, por eso es una tarea urgente educar a los niños en hábitos de respeto y convivencia con el entorno.
Y es educando a los niños que saldremos del pozo de la ignorancia. Es con ellos que conseguiremos una sociedad menos agresiva con los demás y con mayor respeto.
Confío en un futuro mejor para todos, con más silencio para poder pensar, reflexionar y para no distraernos tanto de lo que realmente importa: Vivir en respeto y armonía.
Y como reflexión final sobre nuestra sociedad escandalosa no está demás recordar la frase de Esopo que dice: "La rueda más estropeada del carro es la que hace más ruido". A buen entendedor, pocas palabras.