- Por Gabriela Teasdale
- socia del Club de Ejecutivos.
En estos días todos solemos reflexionar sobre el año que está concluyendo. Para mí ha sido un tiempo fantástico, de mucho crecimiento y aprendizaje. A finales del año pasado fui seleccionada para participar en un programa de entrenamiento ideado por el carismático Marshall Goldsmith. Y no puedo estar más que agradecida por la experiencia que me tocó vivir. Como creo que el conocimiento es un bien que debe ser compartido, me gustaría compartir en estas líneas algunas de las lecciones de Marshall.
Una de las discusiones más ricas que tuvimos fue sobre cómo evitar las excusas. Marshall afirma que simplemente no hay excusas para dar excusas en ningún lugar. Tiene más valor decir la verdad y asumir la responsabilidad que escondernos detrás de simples excusas. Por ejemplo, cuando llegamos tarde a una cita y decimos: "Lo siento, el tráfico estaba horrible"; lo mejor es detenernos en: "Lo siento". Culpar al tráfico no nos excusa del hecho de haber dejado a la gente esperando. Deberíamos haber salido más temprano.
Para Marshall existen dos tipos de excusas: la mitigante y la sutil. En la primera solemos decir: "Lo lamento mucho, pero no llegué al almuerzo porque mi asistente lo agendó el día incorrecto en mi calendario". Lo que podría traducirse como: "No es que olvidé el almuerzo, no es que no te estime, es que mi asistente es incompetente". Lo que hacemos entonces es culpar a otro y así evitar asumir nuestra responsabilidad.
El problema con este tipo de excusa es que raras veces surte efecto y no constituye una estrategia de liderazgo efectiva. Nadie admira a un líder por la calidad de sus excusas.
Las excusas más sutiles aparecen cuando atribuimos nuestros fracasos a alguna característica genética que aparentemente está alojada en nuestras creencias. Nos describimos como seres con defectos genéticos permanentes que somos incapaces de alterar. Seguro hemos escuchado o usado algunas de estas excusas: "Soy impaciente", "Siempre dejo todo para el último momento", "Siempre tuve un mal carácter". Y por lo general, estas explicaciones van acompañadas del siguiente enunciado: "Lo lamento, pero yo soy así".
Es impresionante cuán seguido escuchamos este tipo de comentarios autocríticos de gente brillante y exitosa, que se estereotipa y utiliza eso como excusa para su inexcusable comportamiento. Estos estereotipos, dice Marshall, vienen de historias o nociones preconcebidas acerca de nosotros mismos que han sido preservadas y repetidas por años, a veces desde la infancia.
Puede que estas historias no tengan fundamento, pero marcan nuestras mentes y se vuelven proféticas. La próxima vez que te escuches diciendo: "Lo que pasa es que no soy bueno en…"; preguntate: "¿Por qué no?". No nos perdonemos nuestros atrasos porque hemos estado llegando tarde toda la vida. Eso no es un defecto genético. No nacimos de esa forma y no tenemos que seguir siendo así. Si dejamos de poner excusas podemos mejorar en casi todo lo que queramos mejorar.
Esta es una época propicia para empezar a reconocer con humildad aquello que no nos deja avanzar. Identifiquemos las excusas que ponemos todos los días y trabajemos para desterrarlas de nuestras vidas. Asumamos la responsabilidad por nuestras acciones para así poder caminar hacia un futuro mejor.