- Por Alex Noguera
- Periodista
- alexfnoguera@hotmail.es
Laika se llamaba el fantasma que se materializó como por arte de magia tras escuchar yo una conversación de adultos hace más 40 años. Recuerdo que en esa ocasión los mayores comentaban con gran emoción que ese era el nombre de una perrita, la primera que había volado al espacio sideral, que por entonces era el mayor misterio para la humanidad y tema favorito en las reuniones sociales mientras se devoraban canapés, apurados por escoceses con soda y hielo. Era la moda de aquella época.
Ese ser etéreo era procesado en mi mente infantil como una pequeña astronauta (cosmonauta en realidad porque era rusa) vestida con traje espacial blanco, sonriendo y saludando con su pata detrás de una ventana en forma de ojo de buey, desde su nave.
Ayer se cumplieron exactamente 60 años de aquel 3 de noviembre de 1957 cuando hombres de ciencia realizaron ese cruel experimento y la realidad se presenta muy diferente a la de los cuentos de hadas. Todos creían que la heroica viajera había muerto sin dolor, en calma, lentamente, días después del despegue, una vez que se le hubiera acabado el oxígeno. No fue así.
Los científicos calcularon que la pequeña can aguantaría entre 7 y 10 días en el espacio, por eso en los entrenamientos la metían a lugares cada vez más reducidos durante 20 días, para acostumbrarla a los rigores que le esperaban y hasta habían elaborado un gel especial como alimento. En esas sesiones de preparación para su gran aventura, ese inocente animalito era obligado a quedarse quieto y sus funciones básicas, como defecar u orinar, prácticamente se detenían.
Ni el aparato centrifugador al que era sometida para acostumbrarse a las condiciones del despegue le ayudó para sobrevivir. Ella murió apenas 7 horas después de abandonar la Tierra. De pánico. Su ritmo respiratorio se cuadruplicó y su nave, el Sputnik 2, se recalentó. Falleció en el infierno, bombardeada de radiación, presa del miedo y de soledad, sin ayuda de nadie.
Laika –que traducido significa "Ladradora"– fue capturada por el Programa Espacial Soviético en 1957 en las calles de Moscú cuando tenía 3 años. Fue torturada y asesinada en nombre de la ciencia. Unos dicen que gracias a ella el ser humano (o mejor el hombre) pudo conocer cómo el espacio afectaba a un ser vivo. Otros dicen que la misión ostenta el récord de la muerte a mayor altitud de la historia. Ese pequeño ser vivo apenas pesaba 6 kilos y fue elegido para la travesía por su tamaño y carácter dócil. Era un ser noble y cariñoso.
Y sin embargo, la mataron con alevosía. Ellos no previeron un plan para rescatarla y su cadáver se incineró 5 meses después cuando la nave reingresó a la atmósfera terrestre. Su figura hoy está en un monumento erigido en Moscú.
Internet tuvo la culpa, como muchas veces. Es que siempre lo recuerda todo y sin querer "tropecé" con la historia de este fantasma que dormía su olvido en el pasado. Por eso, en honor a la pequeña ladradora ayer, antes de llegar a casa, también me obligué a hacer una parada para comprar uno de esos maravillosos sobrecitos amarillos que tanta felicidad producen en las mascotas. Comida especial, un manjar que solo aparece en ocasiones especiales, es decir, o cuando el animalito está enfermo o cuando el amo está contento.
Todos los que tienen una Laika saben hasta qué punto esos pequeños seres que forman parte de la familia son increíbles. Entienden. Responden. Aman sin rencor. Muchas veces la conducta de ellos nos hace dudar de la Real Academia o por lo menos confundir palabras como "animal" y "gente", o entre "bestia" y "ser humano".
¿Cuántos ejemplos de animales atados bajo el sol tenemos a diario, sin comida ni agua, ladrando su desesperación y demencial soledad para cuidar la casa? Como la pequeña Laika, el pedido de auxilio retumba en el espacio sin respuesta, a pesar de ser oído por vecinos, sordos de humanidad.
¿Cuántas fueron las víctimas de cuatro patas que murieron a causa de la diversión de un animal armado que probó su hombría tentando acertarle a un blanco en movimiento? ¿Cuál es el valor que el hombre le da a la vida? De los animales, de las personas.
A diario vemos fallecidos, a sicarios ahítos de balas, a recios feminicidas y a descontrolados borrachos que conducen por la ruta de la inconsciencia. La vida no se repite. Es única. No se compra. No se devuelve. No es como en una película en la que el protagonista expira en una escena y reaparece en el siguiente capítulo. No, la vida es un elemento precioso que atraviesa tiempos de extrema indolencia.
No se puede cambiar el mundo en un día, pero sí se puede dar pequeñas muestras de humanidad. Por ejemplo, darle una caricia a esa Laika que vive en la casa, incondicionalmente, sin esperar nada a cambio, sería un buen despegue para llegar lejos. Tal vez, si te fijas bien y con alma de niño, en ese momento hasta puedas reconocer la mirada del fantasma que te saluda sonriente con la pata desde su nave y lo abraces para que no se sienta tan solo.