• Por Alex Noguera
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Quijote está atrapado en una cárcel de tiempo. El fútbol le gusta. Es una de las pocas pasiones que como buen español logran elevar el nivel de adrenalina de su enjuto cuerpo. Aunque parezca un contrasentido, la tensión de un partido le relaja.

El último que presenció en vivo fue el de las Eliminatorias para Rusia 2018 y como esos biplanos de la Primera Guerra que caían en barrena heridos de muerte después de alcanzar el cielo, Colombia mordió el polvo de la derrota en 4 minutos de fantástica locura paraguaya. Al autor del empate ya lo conocía de la época en que jugaba por el Benfica, en el país limítrofe con el suyo.

A Sanabria, autor del tanto de la épica victoria en tierras cafeteras, lo había fichado desde que sentenciara la derrota del Real Madrid, a los 94 minutos, en el mismísimo Bernabéu. Tony, vistiendo la casaca del Betis, rompió una racha de 20 años y con la Albirroja quebró otra inédita en Barranquilla.

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Al menos el fútbol le divierte ya que hoy los molinos son demasiados. Son transnacionales invisibles, cuyas aspas cosechan toneladas de dinero en los sembradíos del infortunio; son líderes que engañan a sus ovejas por una renta; son profetas que mienten con ilusiones; son aberraciones vestidas de tul que violan niños y asesinos que amasan fortunas haciendo la guerra lejos de su hogar, en el tercer o cuarto mundos.

Su cárcel de tiempo tiene barrotes de leyes, de imposiciones sociales, de restricciones y absurdos, contempla el mundo. Mira y no lo entiende. Ve a las personas convulsionar injusticias que comienzan y acaban con el control remoto del cable. Injusticias reales, mortales, flagrantes, que callan al subir el volumen de la transmisión del televisor.

Fruto de un amor alocado de cuando las noches vestían de Celestina y los besos de pluma al tintero profanaban el cuerpo inocente con cuentos fantásticos en aquellas infinitas blancas sábanas de papel, nació Quijote allá por el año 1605. Reconocido hijo de Cervantes, la fama le maldijo con la inmortalidad y le permitió navegar las centurias hasta llegar hasta este cuartucho alquilado del Siglo XXI.

Cuánto añora la libertad de los prados verdes, el lomo gentil de su fiel Rocinante y la vida auténtica que se gastaba en el pasado. Rocinante ya no está, murió de viejo. Su amada Dulcinea tampoco soportó el peso de la edad y cambió la realidad para vivir eternamente en un retrato.

El que intentó seguirle los pasos fue su inseparable Sancho Panza, a quien la revolución industrial le agradó de sobremanera porque la producción de alimentos era generosa y podía atiborrarse con comida rápida y plástica, que era su perdición. Y literalmente lo fue. Murió de sobrepeso, de sedentarismo, de gaseosas, de sobredosis de televisión y de cáncer de colon.

Hoy todos mueren de cáncer, pensó. Y quien sortea ese destino de agonía se lleva el premio instantáneo de un fulminante ataque cardíaco, cobrado de un billete de estrés.

Quijote no comprende bien esto de la democracia. Con la monarquía era más fácil. Y aunque nunca fue muy despabilado en cuestiones de políticas, observa atento los avatares en el Parlamento, donde la falta de quórum se hace costumbre. Mientras, fuera, el carrusel de la vida gira pero no divierte a nadie.

Nada resulta gracioso. Merced a su longevidad, finalmente logró una pensión, que en realidad no le alcanza, pero es uno de los pocos privilegiados que poseen una. Los demás se desloman trabajando, aportando, para al llegar el final de la vida con las manos vacías.

A Quijote le interesa bastante el problema del seguro médico. Que sea inmortal no quiere decir que no sienta los rigores del cuerpo. A él no le gusta la palabra achaque. Le suena a viejo y él se siente un joven perdurable.

El Quijote del Siglo XXI lucha contra nuevos molinos, sin armadura, y con un teclado. Su vereda es la vida y sus ideales los mismos que hace 400 años. El Quijote vive en cada uno de nosotros.

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