• Por Antonio Carmona
  • Periodista
El comandante Hugo Chávez solía jactarse de la Constitución que había hecho a su medida, con mayoría absoluta y totalitaria y con ausencia de oposición; decía que era una de las mejores del mundo. Y la hacía cumplir a rajatabla y a su manera, es decir, como a él le cantaba, a garrotazos y a balazos.
Era un poco como el slogan del estronismo, con la Constitución en la mano… o con la ley en la mano, de acuerdo a lectura del dictador menos que más alfabeto.
No es el único parecido que los dos tiranosaurios con veleidades de demócratas tuvieron. El parecido era tanto que tenían a los ejércitos afiliados a sus respectivos partidos y con el pañuelo, coincidentemente colorado, al cuello. “Derechos como velas”.
Su sucesor, Nicolás Maduro, siguió la práctica de alardear de costitucionalista esgrimiendo una minúscula edición de la Constitución Bolivariana cada vez que tenía que justificar sus abusos constitucionales o las catástrofes económicas a las que tiene sometido al pueblo venezolano. Hasta que ha decido cambiar la elogiada Constitución dictatorial cuando se le ha quedado corta para enfrentar una oleada de rebelión multitudinaria desencadenada por la evidencia de que ambos dictadorzuelos de discurso populista con el que Chávez logró imponerse y nombrar después a su sucesor, tras descubrir que no era eterno, luego de haber arruinado uno de los países más ricos de Sudamérica y con una de las riquezas petroleras más importantes del mundo, mientras que el entorno chavista ha ido enriquciéndose y acumulando sus riquezas en Miami y en paraísos de evasión. La Constitución era tal vez el único elemento de legitimidad que le quedaba a la Venezuela del chavismo, y los votos, hasta que Maduro perdió las elecciones legislativas ante una mayoría opositora, es decir, que no podía más esgrimir la Constitución Bolivariana como legitimidad. Entonces tiró la Constitución por la ventana, ignoró los votos e inventó una Asamblea Nacional Constituyente para derrocar al Parlamento constitucional y democrático elegido por el voto del pueblo… Derrocar es un decir, ya que nunca había acatado el mandato popular de los votantes venezolanos.
Y ahí está ahora, contra viento y marea, contra la mayoritaria opinión pública mundial, que apoya, sin la convicción ni la firmeza necesaria, el respeto al Parlamento democráticamente electo. Es más que evidente que la presión ejercida por la comunidad internacional no ha sido suficiente, ni siquiera los un tanto zalameros intentos de armar un diálogo imposible del ex presidente español Jose Luis Rodríguez Zapatero.
La única verdad, como tituló el pasado sábado el diario El País de España, es que Venezuela está sola, la Venezuela de verdad, la que está protestando en las calles masivamente, la de los presos políticos, los asesinados y los torturados, la de los exiliados. ¡Esa Venezuela que fue refugio de los exiliados de todos los países de la región en los tiempos en que mandaban las dictaduras!
Sola y aislada. Hoy ni siquiera las compañías aéreas internacionales volarán allí, desnudando el clima de terror que se va a vivir en esta jornada. Allí estarán solo y solos los venezolanos desarmados frente a los gorilas armados y preparados para dar el golpe, un golpe dentro del golpe, y crear una nueva y peor dictadura, sin Constitución y sin elecciones.
¡En una jornada “democrática” en la que no está permitida la libre circulación de los ciudadanos!
El País cita unas declaraciones del líder opositor Capriles en que anuncia que la jornada será solo válida para “comparar la íngrima asistencia a los centros de votación con la fotografía de una concentración voluminosa. Con el fuerte significado de esa voz caribeña, centroamericana, íngrima: solitaria, abandonada, sin compañía”. La convocatoria madurista estará, como está, sin pueblo. La Venezuela de verdad está también íngrima. Deberíamos estar avergonzados.