Además de los festejos que se vivieron en el fin de semana de Navidad, los medios masivos de comunicación reflejaron como cada año la nómina de víctimas fatales de diferentes hechos. Y, entre los dramas que segaron vidas humanas o dejaron secuelas tremendas en quienes los padecieron, se destacan ampliamente los casos de accidentes de tránsito y homicidios.

Los accidentes, algunos más brutales y hasta espeluznantes que otros, se cobraron vidas de familias enteras; bebés y jóvenes. Esto se ha convertido en una horrible "costumbre" a la que parece estamos tan adaptados y resignados como sociedad, que "ya esperamos luego" que se digan cuántos fueron nomás para sumarlos y convertirlos en fríos números en una estadística.

La Policía, como cada Navidad, advierte, sugiere, ruega que no salgan a las calles conduciendo cualquier tipo de vehículo si han consumido bebidas alcohólicas. También el Ministerio de Salud –con especial énfasis en los que manejan las áreas de Emergencias, adonde van a parar los que cada día y cada noche son protagonistas de la crónica negra de los accidentes y hechos de violencia de todo tipo– no se cansa de advertir la gravedad de las consecuencias de manejar alcoholizados y a alta velocidad. El uso del casco en motociclistas es otro reclamo que hasta generó polémica para llamar la atención de quienes hacen del peligro su forma habitual de vida.

Hasta la mañana de Navidad, esa que debería transcurrir en casa, junto a los seres más queridos, descansando y compartiendo buenos momentos, se contaron más de doce fallecidos por accidentes de tránsito, seis de ellos, por supuesto, de motociclistas que circulaban sin casco; sin protección alguna y muchas veces, hasta sin luz y cruzando luces rojas de semáforos.

De poco sirven las advertencias a los que parecen ser impermeables a la razón. Para quienes empuñan sus motocicletas como armas con las que directamente se lanzan a las calles a jugar a diario una peligrosa "ruleta rusa" en cada esquina, en cada cruce. Y, como acompañante preferido en tan loca carrera hacia la muerte o la severa incapacidad segura, el alcohol, infaltable en las ceremonias del horror.

Jóvenes vidas se pierden porque se han trepado a un vehículo y aprietan el acelerador a fondo, con la indiferencia propia de quienes gustan poner a prueba la inmortalidad de la que se creen depositarios.

De poco sirven las campañas intensas como las realizadas antes del fin de semana, tanto desde las autoridades de todos los sectores como de las organizaciones civiles, a estos kamikazes de la violencia, que se lanzan a las calles como si estuvieran a salvo, gracias a su inconsciencia y el cuidado y los reflejos atentos de los demás conductores y peatones.

Jóvenes vidas se pierden también porque se han trepado a un vehículo y aprietan el acelerador a fondo, con la indiferencia propia de quienes gustan poner a prueba la inmortalidad de la que se creen depositarios. Familias quedan cercenadas, sufrientes y muchas veces hasta arruinadas económicamente por tener que afrontar gastos enormes y la ausencia de hijos, hermanos y padres.

En nuestra lista de cosas que lamentar deberemos agregar los casos de violencia intrafamiliar, o las peleas empapadas y empujadas por el consumo de alcohol, que es un compañero también indispensable para que los ánimos y el autocontrol se pierdan y se pase a sacar lo peor de lo que podemos ofrecer como humanos. Cuando llega el arrepentimiento, o el dolor, también ya suele ser tarde, por lo que nunca nos cansaremos de decir que la moderación es la compañera ideal para compartir las fiestas.

Tendremos que seguir insistiendo, tal vez buscando maneras más duras de castigo y evitando penas mínimas y poniendo gran esfuerzo en la transmisión de conocimientos y educación vial y concienciación en los niños de hoy, para ver tal vez un futuro en el que haya menos vidas segadas por la imprudencia, y menos lágrimas derramadas a causa de ella.

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