Nueva York, EEUU. AFP.

El extremo sur de Manhattan sumergido. Wall Street destrozado. Y la Estatua de la Libertad con su isla inundada, sola, a merced de las olas. Es el escenario apocalíptico que algunos trazan para Nueva York, símbolo del poder económico estadounidense, en las décadas venideras dadas las últimas proyecciones sobre el cambio climático y la subida del nivel del mar: tras elevarse 30 cm desde 1900, podría ganar 70 cm de aquí al 2050 y 1,80 metros para el 2100.

Un escenario de Atlántida del cual nadie más se burla desde el huracán Sandy: el 29 de octubre del 2012, la tormenta dejó más de 40 muertos en Nueva York y paralizó la megalópolis estadounidense, construida en un estuario y rodeada de agua por todos lados. "Sandy cambió completamente el debate sobre las amenazas del cambio climático.

No es más algo que se producirá quizás en 100 años, lejos de donde estamos. Es aquí y ahora", explica Daniel Zarrilli, designado unos meses después del huracán a la cabeza de la lucha contra el cambio climático en la alcaldía de Nueva York.

En base a las proyecciones de un comité neoyorquino sobre el cambio climático y con unos 60 colaboradores, este ingeniero supervisa las obras para fortificar Nueva York y sus 850 km de costas frente a la subida de las aguas, la multiplicación de lluvias y la posible triplicación de la cantidad de días con

más de 32ºC. En ningún caso la ciudad "se batirá en retirada", asegura.

RIESGO E INVERSIÓN

"Nueva York se queda donde está. ¡Hace 400 años que se desarrolla, que es la puerta de entrada a América!". La clave, dice, es "constantemente evaluar los riesgos en toda la ciudad" e "invertir para minimizarlos, comenzando allí donde el riesgo es más elevado". De hecho, en todos lados, extremos de Brooklyn o Staten Island –los más duramente afectados por Sandy– pasando por los grandes aeropuertos de Queens, o los barrios de Battery y del Lower East Side al sur de Manhattan, hay obras en curso para fortificar la primera gran ciudad del país.

Protección con US$ 20.000 millones

Con un presupuesto de más de US$ 20.000 millones otorgado por la alcaldía, el estado y el gobierno federal se erigen o refuerzan diques, se fortifican los cientos de kilómetros de túneles y puentes que permiten circular a los 8,5 millones de neoyorquinos, se rellenan los huecos con impermeabilizante en las estaciones de metro, las centrales eléctricas o los depósitos esenciales para el suministro de alimentos.

Señal de que una retirada hacia las zonas altas de Manhattan no será mañana: nadie sueña con detener la construcción de lujosos rascacielos residenciales en el nuevo barrio de Hudson Yards, al oeste de la isla, incluso si casi tendrán los pies en el río Hudson. Por el contrario, será en los nuevos edificios que "estaremos más seguros", subraya Zarrilli, ya que respetan las normas de construcción reforzadas tras Sandy.

En los futuros rascacielos, "las instalaciones de calefacción o de electricidad no estarán más en el subsuelo, sino en el segundo o tercer piso", detalla Steve Cohen, director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia. "Partimos del principio que en un momento, el agua llegará a los 1,5, 3 o incluso 4,5 metros de altura". Todas las obras emprendidas "tomarán tiempo".

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