Carca de 35 millones de colombianos definen hoy si aprueban o no el acuerdo de paz al que llegó el gobierno colobmiano con las FARC para poner fin a una guerra de 52 años y que lleva 250 mil muertos. Una decisión histórica en las manos de la ciudadanía colombiana. Por Aldo Benítez (aldobenitez@lanacion.com.py) ENVIADO ESPECIAL.

La imagen en la TV muestra a una pequeña bebé y la voz en off relata: "Julia es la primera colombiana que nació en época de paz con la guerrilla. Votá este domingo para tener un país en paz".

El mensaje es publicitado por el gobierno colombiano a través de la televisión con la intención de persuadir a los ciudadanos para que voten por el sí en el referéndum de hoy, que decidirá si se acepta o no el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, una de las más grandes organizaciones guerrilleras de Latinoamérica que hoy busca dejar las armas para ingresar a la arena política.

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Llegué a Medellín el pasado miércoles para participar del Festival Gabo. Se trata de un evento que convoca a periodistas de todo el mundo para hablar sobre los desafíos de la profesión, conocer los mejores trabajos de la región y escuchar a grandes maestros en este oficio. Pero en medio de esta fiesta del periodismo, era imposible sustraerse a lo que se define hoy en este país, que en 52 años de una cruenta guerra todavía no se recupera de llorar a tantos muertos.

Lo que definen los colombianos, a priori, parece muy sencillo. El "sí" representa aceptar las condiciones del acuerdo de paz al que llegó el gobierno colombiano con las FARC, en las jornadas de la mesa de negociaciones de La Habana, Cuba. El "no" significa estar en contra de lo pactado, lo que obligaría a dejar sin efecto legal los documentos firmados en La Habana. Desde las FARC, fueron muy claros en este aspecto; si triunfa el no, queda descartada cualquier otra opción de negociación en el futuro y se mantendrán siendo guerrilla.

Medellín está ubicada en el departamento de Antioquia, una localidad que esta semana fue el centro de un acto histórico dentro de este proceso de paz, pero que pone en evidencia también toda la violencia y locura que dejó la guerrilla. En enero de 1994, los soldados de las FARC asaltaron el pequeño barrio "La Chinita" de Apartadó, Antioquia, y mataron a 35 personas que estaban participando de una reunión política. El suceso quedó grabado en la memoria colectiva como "la masacre de La Chinita".

Recién este jueves 29 de setiembre, 22 años después de la tragedia, los líderes de las FARC, "Iván Márquez", "Pastor Alape" e "Isaías Trujillo", se presentaron ante los familiares de estas 35 personas asesinadas a pedirles perdón. El episodio fue seguido por todos los medios e incluso hubo discursos por parte de los guerrilleros: "Los muertos de La Chinita son también nuestros muertos", dijo Iván Márquez, jefe negociador por las FARC del acuerdo de paz, en una declaración que recorrió toda Colombia.

Durante los días que estuve en Medellín, conversé con varios colombianos que nunca habían estado en época de paz. Gente de 20 años, 30 años, 45 años. Eran taxistas, vendedores ambulantes, estudiantes, trabajadores de a pie y profesionales. Todos ellos crecieron escuchando y viendo el dolor que deja una guerra a su paso. Todos ellos han sufrido la muerte de algún ser querido, de familiar, amigo, por lo que anhelan la paz, pero algunos no están de acuerdo con el precio que se tiene que pagar por ella.

Las FARC empezaron a tomar posición de guerrilla en 1964. Pasaron 52 años, 250 mil muertos, miles de secuestros, unos 100 mil desaparecidos, 6 millones de desplazados (sí, casi como toda la población paraguaya)– según los datos oficiales de organismos estatales– y demasiado sufrimiento en todo este tiempo como para decir que en este país del vallenato y del café, todavía haya un ciudadano que no quiera despertar sabiendo que al menos una de las guerrillas decidió bajar las metralletas.

"Pero cómo es que puedes confiar en unos guerrilleros, hermano, si hasta ahora apenas han liberado a unos pocos niños de los casi 3.000 que tienen reclutado", me dijo, con esa característica voz colombiana, uno de los muchos taxistas que a diario circulan por esta ciudad, que es conocida como "Medallo". Esa misma línea de razonamiento es la que expresaron otros con quienes dialogué en estos últimos días. Sin embargo, en mi recorrido encontré una mayoría que se vuelca por el "sí", más allá de que no están conformes con algunos de los puntos del acuerdo alcanzado por el presidente Juan Manuel Santos.

LO QUE IMPLICA EL "SÍ"

Zona céntrica de la ciudad de Medellín.

Hace cuatro años, el gobierno de Santos se puso a dialogar con las FARC para llegar a un acuerdo que ponga, por fin, un alto al fuego definitivo. Luego de decenas de reuniones, se llegó a un borrador que fue aceptado por ambas partes.

En pocas palabras, el acuerdo establece el desarme total de las FARC, la puesta en marcha de lo que se denomina "Justicia Transicional" para establecer sanciones en los casos en que se confirme la autoría de crímenes de guerra y la posibilidad de que los miembros de esta agrupación terrorista finalmente participen como actores políticos oficiales y legales en Colombia. Para el efecto, se le concede algunos curules (lugares) dentro del Congreso Colombiano. En definitiva, lo acordado significa la muerte de las FARC como guerrilla y su nacimiento como partido político.

Para comprender un poco más el grado de poder de las FARC, basta mirar como armaron su conferencia general para aceptar la propuesta del gobierno. Con una logística que podría superar a cualquier guión fílmico, en medio de la Selva, montaron un gigantesco escenario –según las fotos y el texto que publica la revista La Semana– en un improvisado coliseo para albergar a cerca de 1.000 personas. Tuvieron 52 invitados especiales y fueron acreditados 600 periodistas para cubrir el evento, que terminó con la participación de grupos musicales. Con la aceptación del acuerdo, los líderes de las FARC, Márquez y Rodrigo Londoño, alias "Timochenko", viajaron a La Habana para firmar el documento el pasado 26 de setiembre, en Cartagena, ante la presencia de 15 presidentes de diferentes países como testigos.

LO QUE IMPLICA EL "NO"

Alcalde de Medellin, Federico Gutiérrez, hablando con medios.

En esto no hay muchas vueltas. De ganar el "No" –como quiere por ejemplo, el ex presidente colombiano Álvaro Uribe, que se lanzó en una tenaz campaña a favor de no aceptar la propuesta– entonces las FARC vuelven a ser guerrilla y el proceso de paz queda truncado. En la conferencia que hicieron en la Selva, los líderes de las FARC advirtieron que si ganaba el "No", nunca más abrirían la posibilidad de negociar un proceso de paz en Colombia.

Quienes defienden la postura del "No" aclaran que no están en contra de la paz, sino del alto costo que significará para el Estado colombiano y las futuras generaciones la presencia de un nuevo partido político financiado directamente por el narcotráfico. Aducen, además, que se les concede demasiada impunidad a los guerrilleros, mientras que miles de víctimas siguen esperando que haya justicia con sus seres queridos asesinados por la guerrilla. Otros anuncian la barbarie de que con las FARC en el juego político, Colombia seguirá los caminos de la revolución bolivariana de Venezuela.

LOS COSTOS DEL ACUERDO

En lo económico, el acuerdo entre el gobierno y la guerrilla determina una amplia intervención del Estado para establecer una reforma agraria integral y devolver a los campesinos al campo, darles títulos a sus tierras y capacidad de producción.

Antonio Navarro Wolf, senador colombiano y miembro de la Comisión de Asuntos Económicos del Congreso, señaló en una charla dentro del festival sobre Los caminos de la paz, que actualmente existe un déficit muy grande dentro del presupuesto de Estado de Colombia para el 2017, por lo que para llegar a los planes establecidos dentro del acuerdo, habrá que hacerse una reforma tributaria.

Navarro Wolf fue categórico al afirmar que aunque gane el "no", la reforma tendrá que hacerse. El senador se mostró igualmente a favor de lo acordado en La Habana con las FARC y dijo además que ya es hora de terminar con la guerra y el dolor de miles de colombianos.

Acerca del camino político de las FARC dijo que, en el acuerdo, los guerrilleros cambian su postura de antaño con respecto a la propiedad privada en el campo, por lo que eso del "socialismo del siglo XXI" está muy lejos de las pretensiones políticas de los líderes guerrilleros. El legislador no cree, además, en la fuerza política –capacidad de votos– que pueda tener una ex guerrilla, teniendo en cuenta su historia reciente y el dolor que causó a miles de familias colombianas.

En conversación con La Nación, el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, mencionó que el plebiscito de la fecha representa un gran ejercicio democrático para Colombia. Aseguró que están dadas las condiciones dentro de Medellín para que la gente salga a votar. En su mensaje como colombiano, el Alcalde Gutiérrez expresó lo que muchos piensan: "Yo voto por el sí, pero mi voto no es un sí a las FARC, las FARC tienen todavía que responder a este país, a recompensar en algo a las miles de víctimas. Esperemos que ahora las FARC cumplan con el país por tanto dolor y daño que han causado en tanto tiempo", señaló Gutiérrez.

EL POSACUERDO

Más allá de la esperanza que genera en toda Colombia la posibilidad de acordar la paz con las FARC, muchos analistas ya ponen en duda que se pueda cumplir con todos los puntos del documento de La Habana. En lo económico, implicaría un desgaste muy grande cumplir con las exigencias de las guerrillas en llegar a sectores campesinos que han sido abandonados durante años por el Estado, y que encontraron en la plantación de marihuana o coca, la mejor forma de ganar dinero.

Otro elemento que queda casi en la nebulosa es cómo harán las FARC para entregar todo el dinero que han juntado durante años a través del narcotráfico. Un punto que aquellos que defienden el "no" atacan con dureza, sobre todo, porque exigen que haya una hoja de ruta para que entreguen el dinero y no se les pueda dar tiempo para que los líderes blanqueen esa plata.

Sin embargo, quienes apuestan por el "sí" en gran parte son familias campesinas que han sufrido como nadie esta guerra, ya que si no eran secuestrados o asesinados por los de las FARC, lo eran por los paramilitares. Sintieron el dolor en carne propia. Hoy apuestan a tener una vida en paz, más allá del costo político que eso tenga para los que sientan banca en el Congreso colombiano.

Pero más allá de razones o miedos, Colombia hoy define con sus ciudadanos un tema histórico. La guerrilla más antigua de la región con la guerra más longeva de toda esta parte de Latinoamérica está a caer como tal. Los colombianos, que siguen teniendo el problema de otra guerrilla como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y los grupos narcos, buscan la oportunidad de cerrar una capítulo muy negro de su historia como lo fueron las FARC y tejer la esperanza de que es posible vivir sin tanta violencia.

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