La evolución del proyecto emblemático del Gobierno, el barrio modelo San Francisco, sirve de ejemplo interesante para razonar sobre la manera en la que tenemos que construir una sociedad incluyente, en la que todos ponemos de nuestra parte para conseguir resultados beneficiosos para los más desprotegidos.

A más de los cuestionamientos que ya se plantearon a los que con absoluta incoherencia intentaron ponerle palos al avance de esta obra, es muy importante mirar desde otra perspectiva la fundamental enseñanza derivada de este caso: la forma en la que la unidad de organismos estatales e instituciones en torno a un bien común sirve como plataforma para hacer realidad proyectos anhelados por los desprotegidos.

Si bien es mucho más fácil, en teoría, conseguir que dependencias de un gobierno puedan congeniar intereses, por las afinidades políticas del poder, en la práctica la absurda e insoportable burocracia no siempre juega a favor para agilizar procesos.

En muchas ocasiones es sumamente complejo que se aúnen esfuerzos para llegar a la meta. Los procesos de construcción de factores en común suelen ser más dolorosos que el trabajo en sí específicamente.

En el barrio San Francisco se ha logrado sumar a la iniciativa de la Senavitat los recursos de la Itaipú Binacional y la colaboración de otras dependencias estatales para hacer posible que esta iniciativa comience a dar sus primeros pasos.

También se sumaron a la tarea los entes que se encargan de capacitar a personas, que están pugnando por los 600 empleos que se habilitaron para los interesados en acceder a condiciones dignas de trabajo.

Cuando trabajamos unidos en torno a un objetivo superior, es posible transformar objetivos inalcanzables en realidades tangibles; llantos de preocupación en sonrisas cargadas de felicidad; peleas inconducentes en abrazos fraternales.

Este es un mecanismo interesante de empoderar a la gente, de sus instituciones para valorar su tarea y para que cada casa tenga un sentido de pertenencia aún mayor.

No es menos valorable que la propia municipalidad capitalina haya entendido que el interés de la gente está por encima de las diferencias políticas coyunturales, y haya respaldado esta obra.

Eso también habla de la capacidad de articular propuestas entre instituciones que no son del mismo signo político y que habitualmente pugnan por sacar la mejor tajada de la propaganda derivada de iniciativas que favorecen a la población.

La gente entiende perfectamente que estos acuerdos ayudan a que la calidad de vida mejore. Comprende tan bien la praxis partidaria, que dimensiona los beneficios que trae una tarea en favor de sus necesidades.

En este proceso de desarrollo, las urnas seguramente serán testigo de la valoración de cada actor en función de su tarea representando a la ciudadanía.

El comentario fácil e ingenioso pudiera fácilmente apuntar a que el proyecto San Francisco produjo una serie de milagros impropios de nuestra sociedad.

Sin embargo, es tiempo de ofrecer una mirada más optimista en la que asumamos que este tipo de hechos se da como producto de nuestros aciertos, los que favorecen a que podamos acceder a una mejor calidad de vida, una realidad que es posible.

Cuando trabajamos unidos en torno a un objetivo superior, es posible transformar objetivos inalcanzables en realidades tangibles; llantos de preocupación en sonrisas cargadas de felicidad; peleas inconducentes en abrazos fraternales.

El compromiso por una transformación real abarca a todas las instituciones y depende de cada uno de los integrantes del conjunto.

Las responsabilidades son particulares para edificar entre todos esta plataforma que modifique, no solo las carencias de infraestructura del país, sino la autoestima del paraguayo, que está golpeada por años de peleas inconducentes. Ojalá que todos comprendamos esta lección.

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