La política del Gran Garrote, propuesta por el presidente Teodoro Roosvelt allá por el 1900, es decir hace bastante más de un siglo, consistía, en una expresión tan elemental como contundente: "habla suave, pero mostrando el gran garrote"; hablando clara y toscamente: si no aceptan el discurso amoroso, aplica el de la violencia, es decir, de la diplomacia de la seducción pasa a la diplomacia del garrotazo.
Los mafiosos, a lo largo de la historia, la aplicaron con mayor sinceridad y crudeza: elija plata o bala. En cierta medida, debe ser la consigna diplomática más antigua de la humanidad: o transa o lo transitamos al más allá.
En síntesis, la política del Garrote consiste en amenazar a la contraparte, si no acepta los términos de la parte, con aplicar medidas de fuerza. Su perniciosa vigencia en las relaciones internacionales en el continente americano tiene consecuencias hasta hoy, pese a que la política exterior estadounidense ha evolucionado a privilegiar la negociación sobre el garrotazo, que se traducía muchas veces en apoyar los golpes de Estado para beneficiar al "imperio", cambiando incluso a apoyar a quienes combatieron a las dictaduras, privilegiando los principios democráticos: en el Paraguay vivimos ese proceso a favor de la oposición, que Stroessner no pudo entender hasta su caída.
La República bolivariana de Chávez se benefició justamente con esa política, que se prolongó, tras el mandato del presidente Cartes, con el Carter Center, institución que intervino en el "referéndum revocatorio" en el 2004, ratificando la legitimidad del gobierno chavista. El mismo procedimiento democrático que hoy rechaza Maduro, pese al contundente reclamo popular.
La posición paraguaya en este conflicto ha radicado justamente en seguir el proceso de referéndum, aceptando el masivo reclamo popular, y recurriendo al arbitrio internacional, dado que las circunstancias internas de la nación venezolana no garantizan el proceso democrático, ante un violento abuso del poder y de la represión salvajemente violenta.
La respuesta del "madurismo" ha sido inmediata, ante la posición crítica del Paraguay: emplazar a Paraguay garrote en mano a pagar de inmediato una deuda cuya negociación debe transitar por los cauces naturales diplomáticos y comerciales y no por la "Ley del Mbarete".
Afortunadamente, de hecho, la amenaza "cavernaria" no tiene mucho margen de amedrentamiento, sino que se debe regir por la negociación del requerimiento. Los tiempos del garrotazo se han terminado mundialmente, aunque, ahora, internamente, haya una corriente que trata de imponer en base a chantajes comerciales la política "bolivariana" en la región.
La Venezuela de Chávez y Maduro ha privilegiado las prebendas internacionales, en detrimento del pueblo venezolano, sometido a la extrema pobreza, para imponer su hegemonía a "petrodolarazo" limpio. Y algún resultado tiene, habiendo ganado cierta condescendencia cómplice a sus abusos a causa de las "deudas" prebendarias que ha regado por la región.
La comunidad americana debe actuar de acuerdo con el derecho y la integridad.
Es norma en todos los sistemas democráticos: el hecho de ser elegido para administrar el gobierno no autoriza a abusar del gobierno. En eso consiste el Referéndum Revocatorio que reclaman los venezolanos y que se resisten a aceptar los bolivarianos, quienes, entre otros abusos, pretenden ser los dueños del pensamiento del libertador Simón Bolivar, monopolizándolo a su propio discurso.
El pedido de tal referéndum está en la Constitución Bolivariana, y en los principios en general de los estados democráticos. De hecho, el gobierno de Chávez, y sus sucesores, fue ratificado por este procedimiento en el 2004, cuando se ponía en cuestión su legitimidad democrática. El dictamen internacional "cartista" lo confirmó como presidente y el mandato chavista siguió vigente.
Maduro no lo ve tan claro; de ahí la recurrencia a la política del Gran Garrote, en un lamentable sinsentido de su discurso antiimperialista. Resulta más que lamentable y vergonzoso que una corriente que se autodenomina "progresista" atrase más de un siglo en su planteamiento político y que trate de imponer el chantaje para sostener el insostenible fracaso de un gobierno; y, sobre todo, que encuentre aliados o, mejor dicho, cómplices, en su intento de mantener el poder a costa de un pueblo.

