Por Clari Arias

@clariarias

En los últimos días hemos sido testigos de la profunda crisis institucional que rodea al Ministerio del Interior en su relacionamiento con la Policía Nacional. Los rumores que se ventilan desde la propia oficina del ministro De Vargas y también desde la Comandancia misma, nos sitúa a todos los ciudadanos en una posición incómoda, porque está en juego ni más ni menos que la seguridad interna del país.

Sotelo, un comisario general inspector de muy buena preparación policial, llegó a la jefatura hace exactamente un año atrás, cuando se desató la crisis de las tarjetas de combustibles que alegremente despilfarraba un suboficial de nombre Roberto Osorio. El robo, un hecho que al día de hoy sigue en etapa de investigación por parte de la Fiscalía, tumbó al entonces intocable jefe Francisco Alvarenga, poniéndolo también entre los sospechosos del ilícito.

Los que conocen a Sotelo dicen que el cargo le llegó sin sorpresa alguna, ya que siempre se preparó para el cargo. Nunca tuvo sobresaltos en su carrera de policía, siempre estuvo en cómodos lugares, incluyendo un par de jefaturas de comisaría, en donde hizo la tarea necesaria para ir escalando posiciones. Fue en Ciudad del Este –ocupó una jefatura– y en Hernandarias –en donde fue jefe de comisaría– en donde marcó su destino para bien. Presumo que en esos lugares hizo buenas migas con el entorno más íntimo del presidente Cartes, razón por la cual ahora ostenta el cargo de comandante. Es claro que estamos ante un hombre cauto, hábil y ambicioso, que ha sabido construir su carrera a base de una reputación casi intachable.

Aun con una foja distinguida, y con padrinos de fuste, el comandante debe estar subordinado al ministro del Interior, porque así lo establece la Constitución (Art. 175), y eso no se puede discutir. Es inadmisible que el Comisario Sotelo niegue su dependencia jerárquica al ministro del Interior, evitando hablar con él más de lo estrictamente necesario para cuestiones formales, o evitándolo al punto de dejarlo plantado cuando este lo convoca a las oficinas de Chile y Manduvirá. Bajo ningún sentido un uniformado policial puede "ningunear" al ministro del Interior. La crisis entre el comandante y el ministro ya no es un secreto, por lo tanto es nuestro derecho como ciudadanos exigirles que se comporten como funcionarios leales a un solo patrón: a la patria. Es de muy mal gusto que el comandante se jacte y se escude en algunos allegados del Presidente para no cumplir con el orden constitucional establecido. Y es de peor mal gusto que el ministro De Vargas no golpee la mesa y exija orden a su subordinado, porque lo que esperamos de un ministro del Interior en un país en eterna crisis interna es firmeza.

Mientras Sotelo juega a ser el sheriff del pueblo con el apoyo de un par de padrinos poderosos, otro comisario (Abel Cañete), que no ve la hora de que lo noten como el mejor para el cargo de comandante, trabaja incansable detrás de la pista de los ladrones que iban a dejar al Paraguay en el ridículo más grande si se perpetraban los robos a las bóvedas de los bancos en la zona más custodiada del país. Y ni hablar de la insatisfecha petición del pueblo, que todos los días sufre asaltos callejeros cada vez más violentos para ser despojados del único objeto de valor que hoy lleva la mayoría de la gente encima: su teléfono móvil.

Todavía esperamos un dejo de dignidad por parte del ministro De Vargas. Si no se van a subordinar a su poder constitucional, debería presentar renuncia al cargo. Mientras tanto, que sepa Sotelo que ni él ni nadie está por encima de la Constitución, y que más tarde o más temprano lo aprenderá en carne propia.

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