Jorge Zárate
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Son cuatro los barrios que fueron creciendo alrededor del Cerro Ñemby; Los Naranjos, San Miguel, Rincón y Caaguazú, que sufrieron por décadas las ondas expansivas.
Grietas en las casas, polvo en las ropas del tendal, en los pulmones de los chicos que van creciendo, la relación de la gente con una mina urbana tiene aristas agridulces.
Ramona Flores cuenta que salir corriendo es lo primordial, poner a salvo la vida, porque después del estruendo vendrá una lluvia de piedras de distintos tamaños y es peligroso. "Lo hicimos por años, salíamos corriendo llevando los chicos a la rastra", agrega desde el portón de su casa, en una de las laderas del Cerro Ñemby.
Son cuatro los barrios que crecieron alrededor del cerro, Los Naranjos, San Miguel, Rincón y Caaguazú, que sufrieron por décadas las ondas, que se extienden hasta mil metros a la redonda, de una zona que tiene una población en crecimiento. La otra realidad es que "también mucha gente trabaja allí", refiere Isidro Parra.
Después de abril y de las primeras protestas de este proceso, la gente recuerda que las detonaciones fueron creciendo, hasta convertirse en 4 por día, dejando una nube de polvo casi permanente sobre las casas, por lo que era frecuente ver a la gente quitando la ropa de los tendales.
Los relojes estaban marcados por las explosiones. Las hacían a las 12:00 y a las 17:30, recuerda Alberto Ferreira, director del turno tarde de la escuela San Pedro y San Pablo, que está apenas a 400 metros del cerro. Ésta también tiene grietas provocadas por el temblor en sus paredes.
VISIÓN DE LOS VECINOS
"Aquí llegó a formarse una laguna que ellos desagotaron", cuenta la gente memoriosa, pero no es lo único, parecen haber dañado nacientes del Acuífero Patiño que surgen debajo de la cantera. "Durante años taparon las nacientes, para que no se les llene de agua, lo hacían con cemento hidráulico", refiere Sofía.
También existen mitos y rumores en la vecindad. "De allí sacan pepitas de oro. Trituran la piedra, la lavan y sacan oro", dice Georgina González en el campamento que los vecinos hicieron en la cima del cerro, esperando el cese de la explotación.
Lo cierto es que ese impresionante volumen de agua se iba por un canal que golpeaba los terrenos de los vecinos, incluso erosionando el fondo de algunas casas, como la de Pabla Armoa, que casi se quedó sin patio.
FALTA DE APOYO
En los relatos se repite el recuerdo de las autoridades que nunca dieron apoyo. Son 50 años de explotación, un bocado del tiempo que se comió medio cerro, así como se ve en las imágenes tomadas por el drone de La Nación.
Hugo Céspedes recuerda que las luchas ya comenzaron en el 2007, bajo la impronta del padre Pablo. "En aquella ocasión ya lo habían amenazado de muerte, pidiéndole que se retire de la pelea, fue un proceso difícil para todos, porque el padre tuvo que mudarse a otra parroquia en Altos", contó.
La iniciativa continuó en el 2012, con acciones ante la Fiscalía, la Secretaría del Ambiente (Seam), la Gobernación, pero sin mayores resultados, hasta que, en abril de este año, se abrió una pequeña compuerta para intentar la recuperación. "Nos volvieron a amenazar de muerte, un empleado de la empresa nos dijo que iba a bajarnos a escopetazos de aquí. Denunciamos a la Policía y ni siquiera se dignaron a venir. No fue fácil", cuenta.
CENTRO TURÍSTICO
Sonia Leguizamón, de la nueva generación de luchadores por el cerro, acompañó al equipo de La Nación por un sendero hacia la cima, desde donde puede apreciarse el impresionante paisaje del valle del Acceso Sur, un mar de verde en el que asoma la Gran Asunción.
"Creemos que aquí se puede hacer un centro turístico de muy buen nivel, donde se pueda practicar senderismo, rappel, bicicleta de montaña, se pueden poner tirolesas y si soñamos, por qué no, un anfiteatro como vi que se hizo en Europa, en una vieja cantera, o una aerosilla o telesférico", expuso.
El intendente Lucas Lanzoni (PLRA) negó haber politizado el tema, tal como lo acusan desde la empresa y sus opositores políticos. "Esta es una demanda ciudadana, aquí estamos con concejales de todos los partidos, el cierre es un acto de justicia", dijo y agregó que la idea es que el predio se transforme en un espacio público para la gente, un parque temático, "algo que compense tantos años de explotación, son 57 hectáreas que ayudarán al esparcimiento, la recreación".
Mientras, el director Ferreira reflexiona, "es lo que enseñamos en la escuela" y pierde la mirada en el Cerro que se ve diáfano en el día. Después saluda a los chicos, les cuenta por qué estamos allí. Les pregunta: ¿Es un recurso renovable o no? "Nooooo" gritan todos a coro, las sonrisas anchas, las miradas claras, el cerro de fondo, con su herida, con la belleza de su vegetación altiva, con el vuelo de los yryvu curiosos de toda presencia. Algo nuevo surgirá de los sueños de los niños.