Por Clari Arias

@clariarias

La ministra Marta Justina Lafuente vive una encrucijada detestable e injusta. Decenas de estudiantes secundarios atrincherados en distintos colegios públicos, y miles más que protestan en las calles, piden su remoción. Tal vez en el transcurrir de este jueves las cosas cambien para ella, aunque no para el ministerio que dirige, que seguirá siendo el ministerio más apetecible para los políticos sin escrúpulos.

La ministra de Educación es una funcionaria de carrera. Ha ocupado distintos cargos a lo largo de casi veinte años en el MEC, desde los tiempos en que Nicanor era ministro de Educación (sí, ¡el Tendota fue ministro de Educación!) hasta la alta honra y responsabilidad de ser ministra en el actual gobierno. Es decir, no estamos ante una improvisada en los menesteres de la cartera. Sin embargo, a la señora no le sirvió toda esa experiencia en los últimos tiempos, ya que en el pasado mes de marzo se vio expuesta a las críticas de toda la sociedad por el caso conocido como "cocido de oro", en donde se dejó al descubierto que el ministerio a su cargo pagaba cifras altamente superiores a las del mercado por distintos rubros gastronómicos. Responsabilidad política tenía, sin dudas, y sus detractores han aprovechado el escándalo para solicitar lo mismo que ahora solicitan los estudiantes secundarios: su renuncia.

El bochorno de pagar ochenta mil guaraníes por dos litros de cocido sirvió para la diversión en memes a través de las redes sociales. Se llenaron decenas de páginas en prensa escrita y decenas de horas en los programas de opinión de radios en todo el país. Pero muchos sabemos que allí no hubo fato alguno de la señora, pero sí de algunos funcionarios que siempre lucraron con las licitaciones del MEC. Lafuente sobrevivió a la crisis, aunque su imagen quedó muy deteriorada, a tal punto que el propio presidente Cartes tuvo que salvarla de tanta presión mediática y de redes sociales, lanzándole un bote salvavidas en donde avalaba su gestión y le daba su respaldo. El escándalo, como tenía que ocurrir, les costó el cargo a los verdaderos responsables, un par de funcionarios de la Unidad de Contrataciones del ministerio.

El torbellino de situaciones en contra de la ministra, a estas horas, parece insalvable. Desde la caída del techo de una institución centenaria, hasta la inequidad en la distribución de las comidas escolares, todos parecen ser problemas generados por su administración. Creo que no es así, aunque la responsabilidad política de todas las situaciones es ineludible, aun cuando no exista injerencia administrativa de la misma en muchos de los hechos denunciados. Por algo es la ministra, y tendrá que apechugarla.

No puedo más que sentir lástima por una funcionaria que como pocas en la historia del MEC, se enfrentó a los caciques regionales del partido que gobierna, como cuando un senador de la nación le recriminó a gritos su rechazo al pedido de nombrar a una hurrera como supervisora en Caaguazú. Marta se plantó y le dijo que no nombraría a la "recomendada" porque no era idónea. Claro que en esta semana de "tomas de colegios" ya nadie recuerda aquel gesto de la señora, y es mucho más fácil sumarse a los vientos rebeldes y pedir que se vaya.

La salida de Marta Lafuente no es la solución a nada, salvo a la toma de colegios por parte de estudiantes. Muchos de los cuestionamientos que tienen como bandera en esta esperanzadora revuelta son inexpugnables. Aun así, la renuncia o destitución solo significará una victoria pírrica para nuestros amados jóvenes. Y dolorosamente será una grandísima victoria para los aprovechadores de siempre, que intentarán volver a enchufarse del presupuesto del Ministerio de Educación para más "cocidos de oro" y más rubros para sus hurreros y prebendarios.

Mientras tanto, seguiremos presenciando la caída de aulas enteras y el embrutecimiento de nuestro sistema educativo.

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