Por Mike Silvero
Periodista
De entre tantas malas costumbres que me acompañan a casi 30 años de haber nacido, lamento incurrir en un hábito más que en cualquier otro; recordar vivencias pasadas, principalmente aquellas avergonzantes. Pasaba usualmente en el colectivo un proceso casi de introspección que terminaba en algún gesto que desconcertaba a otro pasajero que de por ahí se percataba de que quien suscribe gesticulaba demasiado o hablaba en voz baja. Nos pasa a todos… creo.
Alguna conversación indeseable o en la que equivoqué lo que tenía que decir, otra situación en la que quedé como un tarado ante compañeros del colegio o profesores, ser pillado infraganti por mamá en alguna situación indeseable. En fin, todas esas historias que en muchos casos terminan siendo minitraumas.
Toda esta perorata viene como anticipo de lo que generó en mí escuchar el audio de Saúl, el chico que repartió dinero de su familia entre sus amigos de la escuela, con un fin completamente admirable y hasta inocente por cierto, que pueda viajar a Disney.
El audio con la historia me causó gracia, no lo voy a negar, no podría, pero las fotos del menor y los memes alrededor de su situación ya no. Las casi tres décadas me hacen pensar con cierto detenimiento al respecto, y no podía dejar de hilar la misma idea: "Qué mal la debe estar pasando ese mitã'i".
La empatía es un valor casi inexistente en tiempos de comunicación 24/7. Le ponemos tono a todo lo que leemos, desde un "ok" de la patrona hasta a un "te llamaron de Recursos Humanos", pero nos excluimos de la ecuación cuando tiene que ver con un tercero. El "paren ya", de una burla colectiva física, no existe a nivel digital, nunca para, se convierte en una bola de nieve que se agiganta sin parar, arrastrando a su paso la moral del afectado y probablemente generando un trauma mucho más importante que el que te lleve a hacer una mueca estando de viaje en la Línea 15.
Ya sus padres se habrán encargado de lavarle la cabeza con retos al chico, ya sus amigos le habrán puesto un apodo que le quedará para toda la vida, ya se estará sintiendo lo suficientemente mal, para que un montón de sin-vidas como nosotros otra vez metamos el dedo en la llaga.
Recapitulando este episodio es que empecé a entender el núcleo de lo que es Snapchat, la aplicación tan popular entre los "millenials" y cuyo valor principal está en que la información allí compartida no dura más de 12 horas. Claro que tenía mucho que ver en su origen con una cuestión casi "secreta" de su uso, pero yo lo tomo como algo mucho más interno, como la posibilidad de que no pueda acordarme ni que nadie pueda acordarse de algo que hice mal y que me pueda acarrear alguna pena o baja estima.
Ya en Europa es una realidad la posibilidad de que Google elimine de su archivo lo que un ser humano quiera borrar de su pasado virtual. Es decir todo se puede olvidar.
Pero llegar a esa etapa requiere de diversos pasos, incluyendo mecanismos judiciales en acción o… la opción más sencilla, que implica ponernos a pensar en los riesgos o los posibles efectos de darle click a "compartir".