Si King Kong volviera a encaramarse al Empire State ahora, le costaría mucho más librarse de un enjambre de drones que de unos cuantos aeroplanos calamitosos. En Manhattan, como en muchas otras zonas urbanas, no pueden volarse al aire libre estas pequeñas aeronaves.
Hoy se ha podido ver cómo uno de los drones último modelo se pega como una mosca a los objetos que filma y cómo corta el aire a más de 70 kilómetros por hora. Queda por saber qué primer plano habría sacado del gorila gigante el Phantom 4, la nueva propuesta para el usuario particular de DJI, el mayor fabricante de drones del mundo.
Las primeras unidades del dron acaban de llegar desde las factorías de Shénzhen a un barrio de antigua mala fama de Nueva York. Aquí, en Hell's Kitchen, la cocina del infierno, vivía el pequeño Vito Corleone en la novela de Mario Puzo. El Phantom 4 bien podría alejarse de aquí, si lo dejaran, para grabar desde las alturas el Central Park, el puente de Brooklyn o el memorial del 11S. Tiene un alcance de cinco kilómetros.
En esta puesta de largo, la empresa china quiere despedirse de los proveedores de lentes (Sony y Go Pro han fabricado para ellos hasta fecha reciente) y asumir cada vez más la fabricación de los componentes de sus drones.