Por Clari Arias

Periodista

De manera anticipada, tal vez con algo de mal gusto por los acuciantes problemas actuales, comienzan a surgir los primeros nombres para las elecciones del 2018. En una reunión barrial de sus seguidores, Mario Abdo Benítez dijo estar dispuesto a liderar un amplio diálogo y sentirse con autoridad y fuerza para dirigir los destinos del país. Así, en un breve y sencillo acto Marito se convirtió en el primer precandidato presidencial entre los colorados. Él lo sabe; sabe que unas declaraciones así lo ponen en la mira de sus adversarios internos de manera innecesaria, con una antelación peligrosa.

Este político no es improvisado en las luchas partidarias, ya que por simple herencia o por trabajo propio es hoy el dirigente más importante del partido de gobierno, solo superado por la popularidad del mismísimo presidente de la República. La encrucijada es aun mayor para Marito cuando hurgamos en las miserias de la vida cotidiana, en donde debe cargar con la imputación por planillerismo de dos de sus hermanos, situación de la cual él no es responsable directo, pero lo deja malherido frente a la opinión pública.

El incipiente precandidato Marito no solamente deberá luchar con sus demonios internos, sino contra la arrolladora idea de la reelección. Aunque Horacio Cartes haya sido tajante en sus declaraciones sobre la reelección presidencial para este mandato, a su alrededor merodean aventajados y aprovechadores que no van a renunciar a la posibilidad de seguir en el poder junto con él. No hay que ser tan inteligentes para saber que la mejor chance del Partido Colorado de seguir gobernando en esta primavera de cambios, es el rekutu. Sin embargo, es también el camino más difícil, ya que esto solo es posible a través de una asamblea de constituyentes, un enmarañado proceso que incluye desde voluntad política hasta elecciones internas y nacionales. Y ningún líder político surgido en la transición democrática ha sabido embanderar semejante proyecto, hasta ahora.

La falta de nuevos liderazgos en todos los partidos, la desazón del electorado hacia los dirigentes "tradicionales", el descubrimiento –a través de la prensa– del uso grosero de los fondos públicos para beneficiar a prebendarios y chupasangres son situaciones que nos han dejado en una triste coyuntura de sentirnos huérfanos de líderes comprometidos con el pueblo. Y ante semejante orfandad, insisto, en todos los partidos políticos, surgirá como idea diáfana la posibilidad de la continuidad en el poder de un grupo de gente que hasta ahora no ha demostrado ser lo que tanto presumían: una selección nacional.

Esa necesidad de continuidad en el poder de los que hoy lo ostentan también tiene un plan "B" al de la reelección, y es el de elegir a un delfín que logre pugnar con chances reales la interna oficialista. El único que hasta ahora sobresale entre los tecnócratas colorados es el bueno de Gustavo Leite, ministro de Industria. Con su andar y su educación de "niño bien" se ha convertido en el portavoz favorito del Presidente para anunciar lo que se debe y lo que se pueda. Sería bueno volver a tener una élite de bien formados trabajando para el país desde los partidos políticos, como en los albores del siglo pasado cuando colorados y liberales tenían en sus filas a grandes nombres. Pero creo que estamos lejos de aquellos tiempos.

Hoy no tengo dudas que la reelección es el mejor y más difícil camino para que los colorados continúen en el poder. Y esta encrucijada creada por ellos mismos favorece a los que pretendemos ver una nueva alternancia en el 2018. No se atrevan aún a preguntar qué nombres hay del otro lado del río, porque no hay respuesta para semejante osadía.

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