Tras varios años en Europa, el artista visual Sebastián Boesmi (1980) se vuelve a conectar con Paraguay. ¿Qué lo ha hecho regresar al punto de partida? Nos inmiscuimos en su espiral artístico.

Nota: Matías Irala
Producción: Juan Ángel Monzón
Fotos: Nath Planás

Sebastián Boesmi nace en Salta, Argentina, y con sólo cuatro años de edad migra con su familia a Asunción, donde se instala y desarrolla sus estudios primarios y secundarios. “Mi primera plataforma artística fue el Instituto Municipal de Arte (IMA); ingresé persuadido por conocer mis emociones a través del teatro, siendo consciente de que esas emociones serían la materia prima de mi obra plástica. Verme en grado cero a través de la actuación fue la primera extensión para lo que vendría posteriormente”, recuerda el pintor durante la charla que mantuvimos en su reciente visita a Paraguay.
Ya en el año 2000 ingresa a la Facultad de Arquitectura (UCA), donde encuentra la excusa para abocarse de lleno a lo que para entonces ya tenía identificado como su principal motor de vida: el arte.

Estuve un año y medio dentro de la carrera de Arquitectura. Sí bien tenía conocimiento sobre la existencia de la carrera de arte en el Instituto Superior de Bellas Artes (ISBA), quería un enfoque mucho más empírico y contemporáneo, considerando que ya tenía un acercamiento a la pintura desde los 9 años gracias a mi madre, quién solía llevarme a sus clases. Un día un amigo me comenta sobre la existencia de la carrera de Artes Visuales en el Instituto Superior de Arte (ISA) y por cierto tiempo alterné mi mundo entre ambas carreras, graduándome de Licenciado en Artes Visuales”, cuenta.

Al ser consultado respecto a cómo lograba balancear ambos escenarios, sonríe y libera una curiosa anécdota: “Durante los primeros meses que estuve en el ISA, mi familia no tenía noción de que me había inscripto a la carrera de artes; disfrazaba la situación justificando alguna actividad de ocio. Preferí reservar mi iniciativa para mí, consciente que no quería que nadie cuestionara mis decisiones personales”.
En el segundo año de la carrera de Artes Visuales migra a New York para especializarse en materias artísticas y comienza a dar a conocer sus primeros trabajos. Pero es en 2008 cuando adquiere protagonismo al ganar el concurso Henri Matisse, con sus obras Au Plan Air y Grafittis imaginarios.

Al volver de New York me percaté de que era consciente de mi propio lenguaje. Pintar no es algo simple, lleva un período y uno va desarrollando su lenguaje a medida que va experimentando. También maneja un tiempo más holístico, más circular. Y expresarse lleva cierta metodología personal”, reflexiona.

El Premio Matisse le permite conocer París, y una vez ahí, su universo se expande aún más. Lo que inicialmente sería una estadía de dos meses en Francia se transforma en ocho años de constantes viajes en el Viejo Continente. Algo que encajaba con su visión, pues para él, el arte debe ser un intercambio único y exclusivo que no debe supeditarse a las demandas del mercado.

Estuve un año en Francia, comencé a pintar mucho y a exponer mis trabajos en la Cité Internationale des Art, ubicada en el centro de París. Atraje la atención de varias galerías, lo que eventualmente me permitió visitar otros lugares”, recuerda de aquella época.

Posteriormente se traslada a Barcelona, donde se asienta por cuatro años y expone en lugares emblemáticos como el Museo de Arte Moderno de Valencia (IVAM) o la Feria de Arte Contemporáneo de Barcelona (SWAB), además de contar con un taller privado en el que trabajar.
Luego viaja a Berlín, seleccionado para formar parte de una residencia artística en la capital alemana. “No me gustan los convencionalismos, verme solo en el medio de un país me permitió abrirme a nuevas experiencias y también a sentir cierta adrenalina dentro de esa incertidumbre que genera estar en un sitio totalmente desconocido”, reflexiona.

“No me gustan los convencionalismos, verme solo en el medio de un país me permitió abrirme a nuevas experiencias y también a sentir cierta adrenalina dentro de esa incertidumbre que genera estar en un sitio totalmente desconocido”.

La nostalgia, el amor y los sentimientos son algunas de las herramientas principales a las cuales recurre para explayar sus obras. “El arte es una situación de compromiso, que desde mi óptica debe estar sujeto a constantes cambios para dotar de cierto contenido infinito a las obras. El arte es una profesión de alto riesgo”, considera.
El regreso a las raíces
En 1882, Friedrich Nietzsche daba a conocer su apreciación respecto al tiempo, señalando que los sentimientos, los pensamientos y las ideas están dentro de un constante devenir cíclico, alcanzando una regeneración que a veces escapa a nuestro entendimiento. Para el filósofo alemán, esta visión circular del paso del tiempo suponía volver a experimentar lo vivido, sin miedos.
Hay algo de ello en el regreso de Boesmi, quien a su vez se enfrenta de forma constante a la necesidad de quebrar esquemas. “Este año decidí romper con mis estructuras, acoger cierta incertidumbre para ver a dónde transita mi inspiración, en el afán por encontrar cierta respuesta lejos de lo sistemático”, señala.

Este año decidí romper con mis estructuras, acoger cierta incertidumbre para ver a dónde transita mi inspiración, en el afán por encontrar cierta respuesta lejos de lo sistemático”.

El pintor encuentra cierto humanismo entre la conexión de sus obras y el espectador. “Yo quiero que la gente recuerde mis trabajos, que desee convivir con mis obras e interpelarse a descubrir nuevas formas y sensaciones dentro de mis pinturas”, indica.
Tras más de 10 años siendo parte de constantes exposiciones, muestras e intercambios culturales, decide que es hora de volver la mirada a su antiguo hogar: Paraguay.

En todo este ciclo, nunca olvidé a Paraguay. Mi intención es producir más obras a nivel local y encontrarme nuevamente dentro de ese círculo donde todo se originó. Pienso que en la vida se puede hacer todo lo que uno quiere, pero no al mismo tiempo: hay tiempo para todo y lo importante es saber pillar esos tiempos, aceptando lo malo y lo bueno que somos, conociéndonos y siendo fieles a nosotros mismos. Hay que sufrir, sí. Hay que ser feliz, sí. Pero lo importante es saber que la vida no es corta como nos hacen pensar y como la podemos sentir si vivimos alineados, o como robots. La vida es larga si convertimos cada día en una experiencia, si alimentamos el espíritu, la curiosidad, y por sobre todo, si amamos la misma vida, la creación: el arte”, finaliza.

Agradecimientos: Café Consulado