Por: Javier Barbero

Regalar una mirada profunda. Una sonrisa. Una palmada en el hombro.
Regalar cinco minutos de tiempo para estar de verdad a tu lado y conectar con lo que me estás contando.
Regalar una confesión sincera. Quedarme vulnerable en las manos de otra persona asumiendo una carencia o un defecto.
Regalar una palabra. Regalar una declaración de amor, o de perdón.
Regalar una oferta que te alivie, que te acompañe, que te de sostén, que haga que te sientas mirado o mirada.
Regalar una pavada, una chuchería. Algo que no vale dinero pero vale el pensamiento de “esto te va a gustar”.
Regalar una manzana verde con una cara dibujada que tenga un guiño de ojo. O regalar algo sencillo que preparé con mis manos, en mi cocina y sin ser master chef ni nada que se le parezca.
Regalar nada y que esa nada signifique todo.
Regalar un recuerdo. Una llamada que hace mucho postergo.
Regalar una plegaria por los desposeídos del mundo que no conozco, pero que también soy, porque no estoy separado de ninguna desgracia humana, porque soy humano.
Regalarme a mí mismo, a mí misma, en esta Navidad.