- Por el Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo. Presidente de la Aneaes.
Hay hombres que escriben en su tiempo y hombres que, al escribir, alteran la relación de un pueblo con su pasado. Juan E. O’Leary pertenece a esta segunda estirpe. Aunque el volumen de su obra y el lugar que ocupó en las polémicas de su época lo sitúan entre los intelectuales más potentes de América Latina, su importancia radica en su función de restaurador de la memoria patriótica. Comprendió que en el país surgido de la catástrofe, la disputa central no se libraba solo en los archivos, sino en la tarea de restituir a la nación una imagen de sí misma allí donde el nuevo orden de posguerra había querido imponer la vergüenza y la amputación de la memoria.
Tras la catástrofe de la Guerra Grande, el Paraguay enfrentó un proceso de depuración cultural liderado por la visión sarmientina de civilización contra barbarie. Aquella interpretación pretendía borrar los vínculos con la tradición y desarticular la identidad nacional. Sin embargo, si esa operación no se consumó del todo fue porque persistía una memoria incompatible con el dispositivo simbólico de los vencedores externos y sus representantes locales. O’Leary percibió una corriente subterránea de memoria colectiva que resistía y aguardaba una articulación doctrinal capaz de elevarla a conciencia histórica.
Por eso, antes que historiador profesional, él definió su tarea como un “apostolado patriótico” para reencontrar “el eslabón roto de la cadena” y restablecer “la continuidad de nuestra existencia”. El objetivo fue devolverle el alma a una nación abatida por la derrota y por corrientes internas que renegaban de sus raíces y tradiciones.
La historiografía académica suele fracasar al intentar comprender este legado. Al limitarse a parámetros metodológicos estrictos, el academicismo ignora el poder transformador de la palabra en la construcción de un ánimo social compartido.
También se equivocan quienes intentan reducirlo calificándolo de simple apologista chauvinista. El propio O’Leary, en prosa polémica, distinguió entre un nacionalismo patriótico, volcado a la preservación de las tradiciones, y aquel que se confunde con la violencia irracional. Allí sigue estando una de sus mayores contribuciones intelectuales. Frente a doctrinas disolventes de la identidad nacional, O’Leary recuerda que el Paraguay constituye una continuidad histórica real que trasciende la idea de un mero acuerdo legal entre ciudadanos.
La producción de O’Leary puede leerse bajo la metáfora con la que Walzer piensa las revoluciones, la del éxodo bíblico. Así, toda revolución social necesita de un relato movilizador, que guíe el difícil tránsito desde las adversidades del desierto hacia la esperanza de una reivindicación nacional. Desde su irrupción como challenger de Cecilio Báez hasta el retorno de los restos del mariscal López al Panteón de los Héroes, recorrió una larga y polémica marcha de pedagogía y acumulación de legitimidad para, finalmente, convertir su causa en verdad nacional.
Desde esta perspectiva resulta más sencillo valorar su relevancia. En su producción convergen la idea soreliana de mito como motor de movilización social y la tesis gramsciana de guerra de posición, entendida como batalla cultural. O’Leary entendió que un pueblo requiere una narrativa capaz de activar energías colectivas para recomponer su identidad. Su batalla cultural destaca como el revisionismo más exitoso de la región por haberse consolidado como doctrina de Estado, posicionándolo como el estratega de una victoria política con lecciones vigentes.

