La oncología dejó atrás el concepto de atacar sin distinción y avanza hacia tratamientos cada más precisos y personalizados y que reconozca las características moleculares de cada tumor. La innovación plantea un reto: que los avances lleguen a los pacientes de Latinoamérica.

A medida que la cien­cia médica avanza hay nuevos des­cubrimientos esperanza­dores. Así, el cáncer ya no se combate como antes. La idea de un explosivo que devasta células indiscriminadamente comienza a ser desplazada por la de un “francotirador”, capaz de identificar un blanco mole­cular y actuar sobre él. Esa transformación, que hace apenas unas décadas parecía ciencia ficción, es hoy una de las principales revoluciones de la oncología.

La mexicana Malú Romero, oncóloga especialista en cán­cer de mama y melanoma, explicó esta evolución durante el Primer Summit de Perio­distas Latinoamericanos, desarrollado a inicios de mes en Mendoza, Argentina. El encuentro reunió a periodistas de distintos países de la región para abordar los principales desafíos de la salud, la ciencia y la innovación evento organizado por la prestigiosa compañía farmacéutica Adium.

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“La oncología pasó de dañar indiscriminadamente; de mandar bombas a reconocer blancos”, resumió Romero al describir el cambio de para­digma que atraviesa la espe­cialidad.

La transformación no signi­fica que la quimioterapia haya desaparecido. Por el contrario, continúa teniendo un lugar en numerosos tratamientos. La diferencia está en que hoy existe un arsenal mucho más amplio: quimioterapia, anti­cuerpos monoclonales, tera­pias dirigidas, inmunotera­pia, anticuerpos conjugados y, en investigación, vacunas terapéuticas basadas en ARN mensajero.

DE ATACAR A IDENTIFICAR

Romero explicó que la qui­mioterapia citotóxica actúa sobre células que se reprodu­cen rápidamente. El problema es que las células tumorales no son las únicas que tienen esa característica: también lo hacen células del cabello, de las mucosas y de la médula ósea. De ahí derivan muchos de los efectos secundarios asociados históricamente con estos tra­tamientos.

Con los anticuerpos mono­clonales comenzó otra etapa. En lugar de atacar indiscrimi­nadamente, se buscó recono­cer determinados receptores o antígenos presentes en las células tumorales. Recordó que después llegaron las tera­pias dirigidas, capaces de intervenir sobre mecanismos moleculares que permiten que una célula cancerosa crezca y sobreviva. En cáncer de pul­món, explicó Romero, existen actualmente numerosas tera­pias dirigidas contra diferen­tes alteraciones moleculares.

La inmunoterapia agregó otra revolución: en lugar de atacar directamente al tumor, busca liberar los frenos que impi­den al sistema inmunológico reconocer y destruir las célu­las malignas. “La inmunote­rapia no va hacia el tumor y lo lastima, sino que le da un ‘push’ a nuestro sistema inmu­nológico y es nuestro propio sistema inmune el que va y mata a estas células tumora­les”, explicó.

El resultado es una oncología mucho más sofisticada que la que existía hace apenas unas décadas. Ya no existe “un cán­cer de mama” o “un cáncer de pulmón”. Uno de los principa­les cambios es entender que el cáncer no es una única enfer­medad.

Romero utilizó como ejem­plo el cáncer de mama. Según explicó, pueden existir dife­rentes marcadores biológicos, distintas etapas de la enferme­dad y características particu­lares de cada paciente. “Cada uno es tan personalizado como el individuo que lo padece”, señaló.

Por eso, el camino de la onco­logía es cada vez más persona­lizado: identificar qué células existen, qué diferencias mole­culares presentan y cuáles de esas características pueden convertirse en un blanco tera­péutico.

Es un cambio sustancial. Antes, el diagnóstico podía determinar en buena medida el tratamiento. Ahora, el aná­lisis molecular puede modifi­car la estrategia terapéutica y permitir seleccionar medica­mentos específicos para deter­minados grupos de pacientes.

UNA VACUNA PARA CADA PACIENTE

En esa carrera hacia la perso­nalización aparecen las vacu­nas terapéuticas contra el cán­cer, una de las áreas que mayor expectativa genera. Pero Romero hizo una aclaración fundamental: no se trata de una vacuna preventiva como las utilizadas contra enferme­dades infecciosas. Es una tera­pia pensada para pacientes que ya tienen cáncer.

La estrategia utiliza tecnología de ARN mensajero. Se analiza el tumor del paciente, se iden­tifican determinadas carac­terísticas o neoantígenos que pueden ser reconocidos por el sistema inmunológico y, a partir de esa información, se diseña una vacuna destinada a entrenar a las células T para reconocer y atacar las células tumorales. “No es una vacuna preventiva, es una vacuna tera­péutica. Usted tiene que tener el cáncer para que yo pueda generar la vacuna”, explicó.

La idea lleva la medicina per­sonalizada a un nivel todavía más profundo: no solamente un tratamiento para cada tipo de cáncer, sino potencialmente una estrategia diseñada a par­tir de las características del tumor de cada persona.

En melanoma, según los datos expuestos por Romero, esta estrategia combinada con inmunoterapia mostró una reducción de alrededor del 50 % en el riesgo de recurrencia en los estudios mencionados.

Pero hay una enorme distancia entre un resultado promete­dor y un tratamiento disponi­ble para millones de pacientes. Las vacunas terapéuticas per­sonalizadas todavía enfrentan problemas de producción, cos­tos, logística y escalabilidad.

EL PRÓXIMO SALTO PUEDE ESTAR EN UNA MUESTRA DE SANGRE

Otra de las fronteras de la oncología es la posibili­dad de detectar señales del cáncer antes de que una recaída pueda ser observada mediante una tomografía o una resonancia. La herra­mienta es el ADN tumoral circulante, conocido como ctDNA, y forma parte de lo que se denomina biopsia líquida.

Después de un tratamiento, los médicos pueden buscar en la sangre fragmentos de ADN provenientes de células tumorales. Si estos desapare­cen, puede existir una señal molecular favorable. Si vuelven a aparecer, podrían indicar una recaída antes de que exista una lesión visible en una imagen. “El futuro es la señal molecu­lar. No la puedo ver, pero puedo encontrar las moléculas de su cáncer en su sangre”, explicó.

El concepto abre una posi­bilidad enorme: intervenir cuando la enfermedad todavía no puede verse. Pero la propia especialista pidió cautela. El ctDNA todavía no sustituye a las imágenes ni constituye un estándar universal para todos los pacientes.

EL REZAGO DE AMÉRICA LATINA

La paradoja de esta revolución –que representa una enorme esperanza para millones de pacientes oncológicos en la región– es que la ciencia avanza a una velocidad mucho mayor que la capacidad de los siste­mas sanitarios para incorpo­rarla. En la región, el problema no es solamente desarrollar nuevas moléculas. También es conseguir que sean aprobadas, financiadas, diagnosticadas y finalmente administradas a los pacientes.

Romero advirtió que entre la aparición de una innovación y su llegada efectiva a los pacien­tes latinoamericanos pueden pasar años. En algunos casos, habló de una brecha de hasta una década. “La innovación se genera y hasta que llega al paciente, hasta que yo la puedo prescribir, pueden pasar 10 años”, sostuvo.

La especialista mencionó durante la exposición trata­mientos cuyo precio puede alcanzar cientos de miles de dólares al año y casos en los que el costo de una aplicación puede ser extraordinariamente elevado. El desafío, entonces, no es solamente científico. Es eco­nómico, regulatorio y sanitario. La revolución está en marcha: de atacar a reconocer, de tra­tar tumores a identificar molé­culas, de una terapia general a tratamientos cada vez más per­sonalizados. El próximo gran desafío será que esa precisión científica también se trans­forme en acceso real para los pacientes latinoamericanos.

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