• Un sombrío pasillo abarca los diez metros que separan la sala de Traumatología del IPS con el umbral de Primeros Auxilios. Allí donde resulta que lo primero es la espera; mucho después llega el auxilio. Todos aguantan estoicamente, ya sea por un estudio, una atención mínima, o simplemente, alguna palabra esperanzadora.
  • Por Aldo Benítez

Nunca mejor utilizada la palabra "paciente" en este lugar, pues es la paciencia la mayor virtud en horas en las que el tiempo pareciera detenerse; la espera interminable y dolorosa termina por crear lazos solidarios entre enfermos y parientes.

Son cerca de las 7:00 cuando los sillones de los pasillos ya están repletos. Una niña de unos 12 años y con ambas piernas enyesadas está sentada esperando. Su mamá se aferra a una bolsita transparente, en la que guarda los papeles que deberá presentar en varias oficinas a lo largo y ancho del hospital. La burocracia no entiende de dolores ni de urgencias y en el día a día del Instituto de Previsión Social (IPS) el caso de esta niña es uno más.

En este lugar, las personas dejan atrás sus nombres para identificarse simplemente por sus dolencias. Está el joven "tobillo" que llega solo y dando saltitos, sin muletas y que ni siquiera tolera apoyar el pie en el piso. "Tobillo" no se deja vencer por la adversidad física y burocrática, recorre el hospital en busca de órdenes de ecografía para averiguar qué le pasó.

También deambula tocando puertas una mujer que sostiene el brazo de su hijo, de unos 10 años. Todavía no sabe si es una luxación o si se rompió algún hueso, pero debe esperar. Está la otra señora de avanzada edad que aguarda por su ecografía sentada en una silla de ruedas. A ella, al menos, la acompañan varios familiares, quienes se turnan para hacer los trámites.

Pasan las horas y en este pasillo la temperatura sube a la par de la llegada de pacientes y familiares. Cada tanto, una enfermera o guardia de Urgencias sale con una planilla en mano preguntando por los acompañantes del que fue asistido. Ese instante, ese ruido de las puertas abriéndose, es lo más esperanzador para todos.

Mi padecimiento con el IPS comienza horas antes de llegar al Hospital Central. En la Clínica 12 de Junio, sobre General Santos, me avisan que no hay traumatólogos disponibles. Ante esto, en una clínica privada, me confirman lo que no imaginaba; rotura del tendón de Aquiles en la pierna izquierda. Con ese diagnóstico bajo el brazo, no tuve otra opción que enfilar a la Central.

TRAUMATOLOGÍA Y ORTOPEDIA

En el cuarto piso del IPS está la sección de Traumatología y Ortopedia, cuyo nombre no puede estar más acorde con la realidad que se vive en esta institución, porque venir aquí es traumático. La sala de espera, con sus bancos con almohadas rotas y sin ventilación suficiente, es un lúgubre cuarto con ese olor característico a hospital, donde los familiares y pacientes depositan su fe esperando tener una respuesta. El único bebedero de la sala no funciona, al igual que un plasma de 30 pulgadas, que si bien luce en perfectas condiciones, siempre está apagada.

El doctor Víctor Espínola, encargado del Departamento de Traumatología del IPS, reconoce que la situación es crítica. Esta sección tiene 92 camas, de las cuales el 30% está ocupada por accidentados en motos. No obstante, el galeno abriga la esperanza de que las obras del IPS Ingavi ayudarán a paliar significativamente el servicio. "Va a ser un alivio, porque ahora estamos colapsados", expone.

En una esquina del salón, una familia llora tras las malas noticias que llegan del quirófano. Metros más adelante, una mujer de unos 60 años teje y, en su concentración para hilar los puntos, parece escaparse de la angustia que se siente a su alrededor. La espera cansa más que la burocracia en este lugar. Algunos ya ni fuerzas tienen para reclamar ser atendidos. Aquí es resignarse a la espera y rezar para que un médico que todavía tenga algo de empatía pueda atenderte.

Muchos de los jóvenes médicos que lucen orgullosos –y con justa razón– sus guardapolvos blancos, parecen haber perdido la empatía. Tal vez esa cualidad se haya quedado estancada en los pasillos de miseria humana que se ven en los hospitales. Se entiende que es difícil –y creo que hasta no sería sano– que cada médico se comprometa emocionalmente con su paciente, pero encima de cada camilla hay una persona y detrás de ella familiares que sufren.

LA SOLIDARIDAD

En el cuarto de internación de Traumatología, sin embargo, me encuentro con historias que muestran otra realidad. La solidaridad se siente y se ve tanto como la humedad en esta sala, que tiene de cortina una sábana colgada por los parientes de los internados, para evitar que el sol castigue con fuerza durante el día.

La sala alberga a cuatro pacientes, uno de ellos es el señor Bauman, que duerme sentado e incómodo en su pequeño sillón junto a la cama de su hijo, que sufre de una malformación en las rodillas y que debe seguir un tratamiento de por vida. También están la esposa e hijos de don Ledesma, que sufrió doble factura en un accidente laboral, ellos duermen acurrucados sobre un maltrecho colchón dispuesto en el piso frío, para no despegarse de él y estar alertas ante cualquier necesidad.

Soy testigo de la manera en que el papá de Abdon Gamarra, un joven con varias fracturas en la pierna derecha y oriundo de Coronel Oviedo, está predispuesto a ayudar con lo que sea a todos en esta sala. Ofrece jugo, café, cargado de celular y hasta su silla de ruedas. Abdon está internado hace semanas y tiene para varios días más esperando a que la suerte le toque y lo llamen a cirugía. Mientras, su papá le ayuda para la limpieza y para hacerlo reír un poco. Don Gamarra escucha su radio portátil todo el tiempo, parece que nunca duerme.

Hay gente que pasa meses por estos pasillos, acompañando a familiares. Los que vienen del interior del país hacen de sectores del patio prácticamente una nueva vivienda. Allí, en improvisados tejidos, tienden su ropa, lavan sus cubiertos, toman tereré, descansan a la sombra de cualquier árbol y hacen, como pueden, una vida de acompañantes. Traen sillones, conservadoras y grandes sombrillas de playa. De repente ya no parece un hospital, sino un pícnic dominguero. La gente hace comunidad a su manera, forman lazos que solo familiares de pacientes pueden entender, para aguantar esa angustia de esperar.

APORTANTES

El IPS es de los aportantes. En el 2006, la previsional tenía 300.000 asegurados, cifra que trepó a 1.400.000 personas para marzo del 2017, manteniendo casi la misma infraestructura a lo largo de estos 11 años. Recién para estos meses se prevén algunas obras, como el nuevo geriátrico en San Bernardino, a inaugurarse en abril próximo, o el hospital periférico Ingavi, en Fernando de la Mora, que servirá para descomprimir la situación del nosocomio central.

Por ahora, cualquier trabajador de a pie, que no tiene la capacidad de pagar un seguro privado, ve como mensualmente el 10% de su sueldo se destina para mantener este gigantesco aparato, que se muestra como un perverso sistema contra el mismo. Pero no hay de otra, el IPS es la enfermedad y el remedio –como dice el dicho– para muchos trabajadores.