Hace exactamente un siglo, el 20 de septiembre de 1926, Encarnación vivió la mayor catástrofe natural de su historia. Durante décadas, la memoria colectiva inmortalizó la tragedia bajo la denominación popular de “Ciclón de Encarnación”; sin embargo, la evidencia científica documentada (un embudo de intensa rotación, destrozos extremos y una franja estrecha de devastación) confirma que se trató de un tornado F5 de extraordinaria violencia. Aquella tarde sofocante, en cuestión de minutos, la Villa Baja quedó reducida a escombros y cientos de habitantes perdieron la vida.
“No existen mediciones instrumentales del viento de aquella tarde. La clasificación es, por lo tanto, retrospectiva y se apoya en los daños”, explica el Mg. Ing. Pedro González en su artículo publicado en el portal Meteorología Encarnación. El sitio difundió datos que grafican la intensidad del temporal, como un piano que voló tres cuadras, las chapas que quedaron clavadas en los árboles o que ocho días después todavía aparecían víctimas entre los escombros.
En 1976, María Luisa Altinger de Schwarzkopf y Romualdo Migliardo citaron expresamente al tornado de Encarnación del 20 de septiembre de 1926 como de intensidad F5 en la escala Fujita. Los testimonios históricos describen una franja concentrada de destrucción extrema, viviendas arrasadas, árboles arrancados, objetos transportados a grandes distancias y estructuras pesadas deformadas, puntualiza el técnico superior en meteorología. Además, estudios recientes mencionan que entre el año 1925 y 1926 se desarrollaba un “Fenómeno del Niño Muy Fuerte”, condición que habría favorecido al desarrollo de sistemas de tormentas frecuentes.
La jornada previa al desastre había presentado un ambiente caluroso y lluvioso que derivó, hacia el final de la tarde, en un repentino y violento cambio atmosférico. Entre las 18:20 y las 18:45, el torbellino avanzó desde el río Paraná e ingresó con furia por el sector del antiguo muelle. Las casas cayeron como castillos de naipes, los grandes pilares de hormigón y vigas de hierro del muelle terminaron retorcidos y las chapas de zinc quedaron clavadas en los troncos de los árboles. La oscuridad, la lluvia persistente y el avance del agua sobre los escombros marcaron el inicio de una noche de espanto.
Entre la vorágine de la catástrofe emergieron historias de heroísmo y profunda angustia que quedaron grabadas en el relato oral de la ciudad. Héroes anónimos como Daniel Rodríguez Génez, conocido como “Ministro”, desafiaron las embravecidas aguas del Paraná en su canoa para buscar auxilio en la orilla argentina. Asimismo, testimonios de la época recuerdan la magnitud del desastre al evocar el sufrimiento de familias enteras: “Hubo muertos que debieron ser enterrados envueltos solamente en sábanas, pues la cantidad de víctimas desbordó los medios disponibles y no había féretros suficientes para todos”.
Devastación extrema e historias de supervivencia
La fuerza destructiva del fenómeno dejó escenas casi inverosímiles a lo largo de su recorrido por el casco urbano. Un piano importado desde España voló tres cuadras antes de estrellarse contra el suelo, mientras que varias familias perdieron a la mayoría de sus integrantes, como el caso de la familia Castelnovo, que sufrió la muerte de 13 de sus miembros. La franja de destrucción fue tan delimitada que a pocos metros coexistían viviendas absolutamente arrasadas junto a otras que permanecían casi intactas, seguidas por el corte total de energía y franjas de la ciudad cubiertas por medio metro de agua.
Cuando las comunicaciones de la ciudad colapsaron, la vecina orilla argentina se convirtió en la primera respuesta de auxilio. La ciudad de Posadas suspendió de inmediato sus festejos y movilizó embarcaciones, médicos, medicamentos y féretros hacia la zona de desastre. La Logia Roque Pérez fue transformada en Hospital de Sangre y los ferrobarcos sirvieron como refugios improvisados. Un histórico telegrama enviado a la capital a las 5:45 de la mañana siguiente resumía la gravedad del hecho: “Ayer 6 y 45 (pm) un fuerte ciclón logró arrasar la mayor parte de Encarnación, ciudad baja. Hay numerosas víctimas”.
Solidaridad sin fronteras
La respuesta desde Asunción se concretó tiempo después con el envío de auxilio por parte del gobierno de Eligio Ayala, cuyo tren especial con insumos médicos arribó en la madrugada del 22 de septiembre. Para ese momento, la movilización binacional ya había transformado al río Paraná en un canal directo de salvamento. Geográficamente, Encarnación se sitúa dentro del denominado Polígono de Tornados de América del Sur (PTAS), una vasta región propensa a tormentas severas, lo que explica la magnitud técnica del fenómeno climatológico sufrido en aquella fatídica jornada de 1926.
Más allá del impacto meteorológico, el centenario de la tragedia conmemora la resiliencia de una comunidad que logró reconstruirse desde las ruinas. Durante décadas, cada 20 de septiembre fue guardado como una jornada de asueto y duelo en la que las familias acudían al cementerio a rendir tributo a sus difuntos. La reconstrucción de la Villa Baja no solo levantó el corazón comercial de la ciudad, sino que dejó asentado un precedente de hermandad ciudadana que perdura hasta la actualidad.

